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[Crítica] Perdida

David Fincher regresa adaptando otra obra literaria de gran éxito tras Zodiac, El curioso caso de Benjamin Button, La red social y Millennium. Sus adaptaciones a la gran pantalla, obra de guionistas como Aaron Sorkin, Eric Roth o Steven Zaillian, han llevado a la práctica un equilibro perfecto entre libreto y ejecución. Y es que David Fincher siempre ha destacado por el poder que transfiere a las imágenes, la atmósfera turbia y sombría de cada fotograma y un trabajo con sus intérpretes que, casi siempre, roza una cómoda perfección.

El cineasta siempre ha optado por mostrar esa cara B del ser humano, la más miserable y mezquina, a través de sus películas. Desde Seven hasta La red social pasando por Los hombres que no amaban a las mujeres nos ha dibujado una serie de personajes lúgubres, plagados de secretos e intereses ocultos, movidos por la opacidad de sus actos. Bien es cierto que muchas de esas novelas ya contenían este requisito indispensable para formar parte de ese particular universo. Sólo les faltaba el toque del realizador.

Perdida está adaptada, por vez primera en la filmografía fincheriana, por la propia autora de la novela original. Gillian Flynn supera la concepción de su propia obra a la hora de llevarla a la gran pantalla eliminando una notable cantidad de pasajes intrascendentes para crear una narración casi perfecta de la destrucción de un matrimonio con evidentes toques de humor negro que harán sentir al espectador una mezcla de complicidad y desasosiego como pocas hasta el momento.

Fincher imprime el ritmo que él desea en cada momento de la película. Hay que situarse a merced de un director que juega con su obra tanto como con el espectador. El comienzo dubitativo que tiene Perdida se ve recompensado con un acelerón que se produce cuando los acontecimientos narrados en esta particular Guerra de los Rose comienzan a tomar forma. Giros inesperados, asfixiantes secuencias montadas de una forma sobresaliente y una banda sonora, marca de la casa Reznor-Ross son algunos de los factores que convierten esta nueva película de David Fincher en cita obligada en la cartelera.

Por si fuera poco, descubrimos la madurez de un Ben Affleck en plena posesión de ese talento que nos hemos empeñado en ocultar (necesaria aunque inexcusable esta primera persona). Se puede afirmar con rotundidad que estamos ante una de las mejores interpretaciones del actor en toda su carrera. La simplísima complejidad de su personaje le hace merecedor de llevar la voz dominante en el primer acto de la película de una forma notable y sin fisuras. La escasa química que traslada junto a Rosamund Pike, otro hallazgo tardío, son parte integrante de la credibilidad del trabajo de actores, director y guionista.

Perdida es tremendamente excitante. Habrá incluso ganas de reír y aplaudir en los momentos más lúgubres de la película, se esbozará una sonrisa de maldad en cada plausible movimiento de los personajes, será necesario ser cómplice de ambos protagonistas y, al final, intentar vislumbrar quién se merece más el respeto de quien ha disfrutado de este espectacular nuevo trabajo de uno de los realizadores más inteligentes y clarividentes de nuestro tiempo.

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[Crítica] El niño

En este país no creemos en nuestro cine. A estas alturas, cuando sobradamente en años anteriores se han venido dando ejercicios de autor defendibles hasta la extenuación, todavía hay quien desprestigia de manera gratuita el conjunto del cine español como si no hubiésemos evolucionado todavía.

Atrás quedó aquel país de pandereta, la Guerra Civil ya se acabó para los cineastas. Se agradece que la nueva hornada de guionistas y directores estén más preocupados por la renovación de las tramas que por darle continuidad a un tópico demasiado extendido, desgraciadamente, en la sociedad española.

El niño, la última película de Daniel Monzón, responde a esas particularidades que se le exigen a este nuevo cine español. Pese a tener a un conglomerado televisivo como es Telecinco Cinema apoyando su producción, el sello de autor va por delante. Estamos delante de un thriller dirigido por aquel que contribuyó a que Celda 211 fuera un éxito a nivel mundial. Monzón ha sabido mantenerse fiel a sus ideas y llevar a la gran pantalla historias que a él le interesan y quiere mostrar.

Luis Tosar, Eduard Fernández, Barbara Lennie, Sergi López y el debutante Jesús Castro prosiguen con la gran estela que se abre para el cine en España. En El niño hay calidad, un buen trabajo de guión (Jorge Guerricaechevarría está detrás del libreto, poco hay que decir ya de él), una fotografía portentosa, unas interpretaciones más que notables y un uso de la música nada perturbador y sí ostensible. El niño no deja de ser una película comercial, diseñada para funcionar en taquilla a través del reclamo del poli malo y el villano guapo. Sin embargo, pese a entretener en demasía los 130 minutos de duración, volvemos a encontrarnos con el mismo fallo de Celda 211. No es otro que querer introducir en medio de una trama absorbente, rodada con brío y nervio, una historia de amor que poco interesa más allá del retrato de la mujer en los países árabes.

Los fallos los compensa con un inteligente manejo del tempo. Ninguna secuencia está fuera de lugar y, aunque hay quien habría preferido dar mayor voz a los actores que interpretan a la Policía, no deja de ser una forma de darle la vuelta al thriller, a ese retrato del héroe que siempre acaba desvalijando al villano. Monzón nos mete en las vivencias de ese “niño” convertido en traficante por culpa de ese poderoso caballero que a todos atrae.

El niño podría pasar por ser una de las mejores películas españolas del año y, muy posiblemente, de la década. Toda una opción interesante, inteligente y enérgica de apoyar al cine de nuestro país. En España se realizan pocas películas de una lectura tan amplia como la que se desprende de El niño. Historias reales, motivaciones diarias, supervivencia, entrega al trabajo o denuncia social son algunos de los conceptos que Daniel Monzón y Jorge Guerricaechevarría han puesto sobre la mesa.

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Daniel Monzón y su equipo presentan en Madrid `El niño´

Daniel Monzón, compañero periodista y durante años crítico de cine en medios como Fotogramas o Días de Cine, presenta en Madrid el que se constituye como su quinto trabajo como director después de El corazón del guerrero, El robo más grande jamás contado, La caja Kovak y Celda 211. Con El niño, espera prolongar el éxito que le dio, tanto a él como a su guionista Jorge Guerricaechevarría, su anterior experiencia cinematográfica.

Las oficinas de 20th Century Fox España fueron testigos de la presentación a la prensa de esta nueva andadura de Monzón, donde cambia la prisión donde encerró a Luis Tosar, Carlos Bardem y Alberto Amman por una historia de narcotráfico en el Estrecho de Gibraltar. Tosar, Eduard Fernández, Sergi López, Barbara Lennie y Jesús Carroza son los experimentados nombres que encontramos en el reparto protagonista. Sin embargo, hoy serían los debutantes Jesús Castro, Mariam Bachir y Saed Chatiby los que responderían a las cuestiones planteadas por la prensa allí reunida.

Con una cifra que ronda los 6 millones de euros de presupuesto, El niño aterriza en la cartelera española con ganas e inquietud ante el público español. La película podría resumirse en un thriller en el que una brigada de la Policía intenta localizar y detener a quienes se encargan de transportar droga entre España y Marruecos a través del Estrecho. Una película con la tensión suficiente para mantener al espectador pegado al asiento y que recoge, según afirmaba Guerricaechevarría, “numerosos testimonios reales de la gente que se encarga, o se ha encargado alguna vez, del contrabando”.

La película retrata, mediante un trabajado uso de la fotografía, parajes desconocidos de toda la zona que comprende Tarifa, Algeciras y Sotogrande, donde se desarrollan la mayoría de exteriores de la película. Precisamente los exteriores son un aspecto que destaca Daniel Monzón, ya que según afirmaba “era necesario conocer el terreno para entrevistarnos y hablar con gente de la zona.” El guión, escrito mientras Jorge y Daniel desarrollaban una idea para una comedia negra titulada Murder Weekend, se completó sobre el terreno, en Tarifa.

El niño ha necesitado unas 12 semanas para rodarse, entre las que se incluyen 3 semanas dedicadas exclusivamente a las secuencias de riesgo y acción, más 10 meses de posproducción. Uno de los mayores valores de la película reside en que todas las escenas de acción están rodadas por los propios actores, sin utilización alguna de dobles, con lo que el riesgo y la sensación de peligro aumentaba exponencialmente.

La implicación del equipo con el rodaje de la película ha sido total. Tanto, que hasta las autoridades de la zona quedaban sorprendidas de que quisieran, o fueran capaces, de rodar en lugares donde ni Policía, Guardia Civil o autoridades aduaneras se atrevían a entrar. Eso responde a las motivaciones de guionista y director tal como anunciaba Daniel Monzón. “El viaje que hemos hecho es el que queríamos que hiciera también el espectador.” No hay duda de que querían que fuese una ventana a todo lo que sucede en una zona que constituye la puerta a Europa de las mercancías que llegan desde África y América.

Muy particular fue la denuncia que la actriz Mariam Bachir realizaba sobre la situación de la mujer en Marruecos y los países árabes en general. Bachir y Guerricaechevarría narraban como la mayoría de las mujeres tenían acceso a estudios universitarios pero que, por la falta de trabajo para ellas, acababan dedicándose a la prostitución o a pasar todo tipo de contrabando por un lugar como el límite con Ceuta, considerada por Marruecos como territorio ocupado y, por tanto, no reconocido como frontera. Las mujeres hacen un trabajo destinado exclusivamente para ellas, cargando lo que su peso era capaz de soportar.

La conclusión que ofrecía Daniel Monzón era que, después de realizar Celda 211, tenía que llevar a la pantalla un trabajo sobre una idea que le interesara y que la presión por elevar el listón con su anterior película no le iba a quitar las ganas por contar grandes y ambiciosas historias como la que El niño pone sobre la mesa.

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[Crítica] Borgman

Los primeros minutos de Borgman ya dan una muestra del desconcierto que va a dominar la totalidad de la historia. Un sacerdote y dos hombres, todos ellos armados, persiguen por un bosque a un hombre harapiento y sucio que se esconde en unas cabañas bajo la tierra. El perseguido advierte a otros, en su misma condición, de que tienen que abandonar sus guaridas.

La inquietud se convierte en seguida en la propuesta principal, lo que aumenta cuando el hombre, con apariencia de mendigo, llega a la vivienda de una familia evidentemente burguesa y pide si le pueden ofrecer un baño. A partir de ese momento comenzará una historia en la que la maldad, el desconcierto y la incógnita serán totales dueñas de la película y, por extensión, del espectador.

Con un estilo narrativo que por momentos rememora al Haneke de Funny Games, el director Alex van Warmerdam (que se guarda un papel en el film) se introduce en la vivienda y nos adentra en una suerte de infierno doméstico, o domesticado, del que nada sabemos. Durante todo el metraje el protagonista –fantástico el trabajo de Jan Bijvoet– se comporta de forma ambigua con la familia, que actúa como extensión del espectador, recibiendo todos sus cuestionamientos.

Una pregunta sobrevuela Borgman desde el principio: ¿quiénes son y qué motivos tienen para comportarse de esa forma? Pronto el protagonista se reúne con las demás personas a las que ha advertido en su huida y se instalan en la casa, bajo nueva apariencia, como equipo de jardineros. La familia, como anestesiada, o drogada, les deja hacer y deshacer a su gusto. No hay barreras; es la fractura de la voluntad.

El mundo onírico sobrevuela la cinta en todo momento; los personajes tienen la habilidad de introducir pensamientos e ideas en los sueños de la familia (aunque nada tiene que ver con la forma en la que lo vemos en Inception, por si pudiese sugerirlo). Las imágenes en las que Borgman aparece de cuclillas, desnudo, sobre la cama de matrimonio, mientras controla el sueño de sus huéspedes, son escalofriantes.

El espacio se convierte en seguida en un entorno hostil, claustrofóbico, un lugar que ha recibido al peligro con la estufa encendida. La muerte, el inframundo (esos galgos), las drogas y el abandono de la voluntad se dan cita dentro de la frontera de la vivienda familiar. El cineasta utiliza la fotografía y la estética propia del thriller para sembrar la duda, transmitir la sensación de angustia y el punto enfermizo de la historia con maestría.

La confusión dominante desde el inicio del film no llega a disiparse en ningún momento y alcanza su culmen con un final en el que una performance teatral da paso a una preciosa cámara lenta en la que vemos como el triunfo del mal es ineludible. Quizás sea ese el mensaje de la película, lo inevitable de la victoria de la oscuridad frente a la luz (la única batalla, como decía el personaje de Matthew McConaughey en True Detective). Por lo demás, Borgman es indescifrable, inclasificable, pero a su vez fascinante y atractiva. Una gran película para ver, y buscarle significados, varias veces; aunque tal vez lo mejor sea sólo dejarse llevar y disfrutarla.

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[Crítica] Mindscape

Comenzar a ver una película y que, de manera inmediata, te recuerde a Minority Report, Origen y Luces rojas no te hace más que recostarte en el asiento y esperar paciente a ver qué sucede. Los primeros minutos de Mindscape no son más que una mera toma de contacto del director con el pedregoso terreno sobre el que está deambulando. Sin embargo, a medida que la trama comienza a desarrollarse, la película se torna en un interesantísimo experimento de trampas, inteligencia adolescente y peligrosa seducción.

Al mando de la nave, un realizador español que debuta en el largometraje. Un Jorge Dorado que viene avalado por su trabajo como cortometrajista y por la producción de Jaume Collet-Serra, quien ya recaló en Hollywood con Sin identidad o La huérfana. Con una técnica realmente notable, Dorado se marca un ejercicio de intriga muy destacado con un baile de géneros que no desentonan entre sí.

Dorado dirige con maestría a Mark Strong, Taissa Farmiga y Brian Cox en unos papeles que van desarrollándose de manera sólida a lo largo de la trama. Lo que más atesora Mindscape es un final que deja la mayor parte de los cabos del guión atados mientras asistimos a un clímax en el que, por qué no decirlo, se nos engaña a todos por más que intentemos el viejo truco de “me lo veía venir”. Sin embargo, la técnica juega malas pasadas al director. Un mago nunca debe enseñar sus trucos y ciertos planos en ciertos momentos nos invitan a pensar que algo está sucediendo aunque no terminemos de concretar qué es.

Hay muchas películas que han tratado el viejo arte de introducirse en los recuerdos y los sueños. Es algo que cobra sentido en el cine cuando los montajes en paralelo de realidad e irrealidad son absolutamente convergentes. La presencia de Mark Strong, la habilidad de Taissa Farmiga y un secundario como Brian Cox aportan la respetabilidad necesaria para que Mindscape se convierta en un producto más allá de un símil de telefilme. Aquí hay técnica, hay labor. Hay un realizador que, esperemos, comience pronto a dar guerra.

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