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[Crítica] La playa de los ahogados

Carmelo Gómez y Antonio Garrido componen el rompecabezas que Domingo Villar escribió en su novela homónima. La playa de los ahogados quiere intuir un buen intento de thriller, liberando pequeñas dosis de suspense que mantienen el inevitable poder de atracción y hacen funcionar la mente más proclive a las pesquisas detectivescas.

La película es sencilla, dispuesta con cierta naturalidad que la convierte en un antídoto perfecto para las producciones pretenciosas que llenan la cartelera de efectismo, sonido envolvente y falso suspense a partir de no pocos trucajes de una inverosimilitud acuciante. La playa de los ahogados trabaja a sus protagonistas, los expone frente a la trama y los hace trabajar con los aspectos más relevantes de la traslación narrativa que el propio Domingo Villar realiza en el libreto de la película.

Gerardo Herrero dirige con llaneza una película desprovista de pretensiones, de esas que hacen triunfar cualquier tipo de guión con la peor de las inverosimilitudes. La playa de los ahogados imbuye al espectador en una trama llevaba por sus dos protagonistas, jugando de nuevo a los perdurables roles del poli bueno, poli malo. La adaptación de la novela de Villar, escrita por él mismo, entretiene sin apasionar, enreda sin pérdida y provoca un interés que se va resolviendo conforme las piezas van encajando.

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[Crítica] Regresión

En los años 90 los Estados Unidos vivieron un aumento considerable de las pequeñas sectas y las denuncias por su actividad. La historia de la nueva película de Alejandro Amenábar, director que comenzó su exitosa andadura en aquella década, indaga en la mente del hombre con uno de estos cultos como punto de partida. El detective Bruce Kenner (Ethan Hawke) llega a un pueblo de Minnesota para investigar el caso de Angela (Emma Watson). Su padre, John Gray (David Dencik), aun sin recordar nada de lo que ella dice, acaba de admitir su culpa ante las acusaciones de su hija. A partir de esa magnífica secuencia de apertura, el psicólogo Raines (David Thewlis) se incorpora a la investigación para, mediante sus técnicas de regresión hipnótica, todavía en auge en aquella época, intentar resolver el caso.

Amenábar regresa a la vía del thriller, con el que deleitó tiempo atrás, a través de la dualidad perfectamente marcada entre fe y razón en forma de sugestión contra verdad. Y, como en toda su filmografía, el cineasta logra reafirmar su discurso a través del desarrollo de las imágenes y el subtexto. De la mano de una atmósfera lúgubre y oscura, amén del trabajo fotográfico de Daniel Aranyó, Regresión rememora vagamente el tono de perfil negro que lucían los thrillers de terror de las décadas de los 70 y los 80. El cineasta juega, apoyándose en sus pequeñas trampas, con un guión en el que los giros van y vienen, algunos de forma más previsible que otros, para poco a poco acorralar la conclusión y esa reafirmación que suele llevar a cabo el autor.

La sugestión es la vértebra principal en la que se sustenta el film. Regresión se puede leer como un inteligente enfoque hacia la mente humana y el poder de sortilegio que goza el miedo sobre la misma. Continuamente se nos muestra la realidad tintada de un aspecto onírico; igualmente, los sueños y las imaginaciones, así como la hipnosis, terminan por incidir en la percepción de los acontecimientos reales. Así, el espectador puede identificarse con el investigador Kenner, el outsider que, de repente, llega al meollo de la cuestión. En este sentido, la puesta en escena de esas ensoñaciones, o directamente sueños, consigue perturbar el convencional dispositivo fílmico del director, que se reserva un pequeño destello de su inteligencia narrativa al utilizar un plano subjetivo idéntico en varios de sus personajes para alertar de la igualdad de todas las personas ante ese poder de sugestión sobre la verdad.

De esta forma, los dos primeros tercios, bastante sugerentes, se dejan llevar hasta un final mucho más atropellado en el que la sorpresa provocada por el giro es inexistente, pero que, sin embargo, la sólida trenza con la que el guión lo anuda consigue paliar los efectos negativos de ese apresuramiento. Regresión es, por lo tanto, una película en la que se intuyen algunos de los sellos que elevaron a la cumbre del género a Alejandro Amenábar (menos de los que se pudiesen esperar, eso sí), aunque todavía quede lejos de ese regreso a los orígenes que podía anunciar el título de este último trabajo.

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[Crítica] Son of a Gun

Ewan McGregor es la cabeza del cartel del primer largometraje de Julius Avery, un thriller sencillo (quizá demasiado), que presume de contener los tópicos del género pero agradece una historia bien contada, unas interpretaciones con la suficiente motivación como para no caer en el tedio y un guión que, aunque mil veces visto, sigue una línea con la consistencia necesaria.

Son of a Gun hace predominar la teoría de la evolución, aquella que reza que el más fuerte es el que sobrevive. La presencia a lo largo del metraje de constantes referencias a simios es una muestra evidente de lo que intenta el director utilizando los recursos evolutivos para demostrar quién continúa con esa ley del más fuerte y quien perece a merced de sus semejantes.

McGregor intenta resarcirse a su manera tras huir de prisión. Buscar una nueva vida con la que recuperar aquello que siempre tuvo pero que, muy acertadamente, Avery no muestra en ningún momento. Con el personaje principal huye de sentimentalismo y emociones gratuitas, dejando al libre juicio del espectador las acciones que toma el protagonista. Sin embargo, no se puede decir lo mismo del escudero que McGregor escoge para acompañarle en sus fechorías redentoras. Los hilos argumentales románticos no le vienen nada bien a este tipo de tramas, por su condición de sensibles y por esa sensación incómoda que despiertan cuando el desapego dramático se va hacia otra arista de la historia.

Sin embargo, y siendo honestos, Son of a Gun es una película que no aporta nada novedoso, no destaca por su puesta en escena pero tiene lo suficiente como para no faltar el respeto a cualquier espectador que se acerque a intentar sortear aquellos estrenos que vienen excesivamente marcados por el marketing insincero y excesivo.

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[Crítica] Sicarivs: La noche y el silencio

Tienes los elementos, la financiación, la técnica y un guión del que se pueden extraer no pocas cosas positivas. Sin embargo, un exceso de ambición unido a una toma de decisiones narrativas un tanto dudosas, hacen que el conjunto final sea un castillo de naipes que se desploma ante los bufidos de quien piensa en lo que pudo ser y finalmente no ha sido.

Sicarivs: La noche y el silencio tiene una estructura novelada, narrada en primera persona, que no le hace ningún favor. Su autocomplacencia, y la que permite realizar un ejercicio hagiográfico de su protagonista, le resta valor a un thriller con no pocos aires de neo-noir, en el que un asesino a sueldo encuentra una justificación social para cada uno de sus actos. Sin embargo, el eje dramático que sostiene el desarrollo posterior del personaje de Víctor Clavijo no parece tener la consistencia necesaria que precisa una trama que, aunque resulta estimulante por momentos, no posee la riqueza que se le presupone para terminar de convencer.

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[Crítica] Perdida

David Fincher regresa adaptando otra obra literaria de gran éxito tras Zodiac, El curioso caso de Benjamin Button, La red social y Millennium. Sus adaptaciones a la gran pantalla, obra de guionistas como Aaron Sorkin, Eric Roth o Steven Zaillian, han llevado a la práctica un equilibro perfecto entre libreto y ejecución. Y es que David Fincher siempre ha destacado por el poder que transfiere a las imágenes, la atmósfera turbia y sombría de cada fotograma y un trabajo con sus intérpretes que, casi siempre, roza una cómoda perfección.

El cineasta siempre ha optado por mostrar esa cara B del ser humano, la más miserable y mezquina, a través de sus películas. Desde Seven hasta La red social pasando por Los hombres que no amaban a las mujeres nos ha dibujado una serie de personajes lúgubres, plagados de secretos e intereses ocultos, movidos por la opacidad de sus actos. Bien es cierto que muchas de esas novelas ya contenían este requisito indispensable para formar parte de ese particular universo. Sólo les faltaba el toque del realizador.

Perdida está adaptada, por vez primera en la filmografía fincheriana, por la propia autora de la novela original. Gillian Flynn supera la concepción de su propia obra a la hora de llevarla a la gran pantalla eliminando una notable cantidad de pasajes intrascendentes para crear una narración casi perfecta de la destrucción de un matrimonio con evidentes toques de humor negro que harán sentir al espectador una mezcla de complicidad y desasosiego como pocas hasta el momento.

Fincher imprime el ritmo que él desea en cada momento de la película. Hay que situarse a merced de un director que juega con su obra tanto como con el espectador. El comienzo dubitativo que tiene Perdida se ve recompensado con un acelerón que se produce cuando los acontecimientos narrados en esta particular Guerra de los Rose comienzan a tomar forma. Giros inesperados, asfixiantes secuencias montadas de una forma sobresaliente y una banda sonora, marca de la casa Reznor-Ross son algunos de los factores que convierten esta nueva película de David Fincher en cita obligada en la cartelera.

Por si fuera poco, descubrimos la madurez de un Ben Affleck en plena posesión de ese talento que nos hemos empeñado en ocultar (necesaria aunque inexcusable esta primera persona). Se puede afirmar con rotundidad que estamos ante una de las mejores interpretaciones del actor en toda su carrera. La simplísima complejidad de su personaje le hace merecedor de llevar la voz dominante en el primer acto de la película de una forma notable y sin fisuras. La escasa química que traslada junto a Rosamund Pike, otro hallazgo tardío, son parte integrante de la credibilidad del trabajo de actores, director y guionista.

Perdida es tremendamente excitante. Habrá incluso ganas de reír y aplaudir en los momentos más lúgubres de la película, se esbozará una sonrisa de maldad en cada plausible movimiento de los personajes, será necesario ser cómplice de ambos protagonistas y, al final, intentar vislumbrar quién se merece más el respeto de quien ha disfrutado de este espectacular nuevo trabajo de uno de los realizadores más inteligentes y clarividentes de nuestro tiempo.

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