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[La Máquina del Tiempo] Hasta que llegó su hora

En Nosologeeks nos gusta mucho el western. Cuando aún no nos hemos recuperado del estreno de Django Unchained, al que le dedicamos un programa especial, hoy queremos rendir homenaje a una de las grandes películas del género: Hasta que llegó su hora (C’era una volta il West), del maestro Sergio Leone.

Armónica (Charles Bronson) es un hombre misterioso y callado. Por alguna razón, está buscando a Frank (Henry Fonda), un peligroso pistolero sin compasión. De fondo, tenemos la tragedia de la señora McBain (Claudia Cardinale), que se ha quedado viuda después de que asesinaran a su familia. Este es el planteamiento de Hasta que llegó su hora, una historia en la que todos los personajes tienen intereses personales.

Leone mezcla en esta película todos los elementos del western clásico: bandidos, ferrocarriles, un héroe misterioso… C’era una volta il West revolucionó un género que ya estaba entrando en decadencia. Con la experiencia ganada en la Trilogía del Dólar, el director quiso realizar la que sería su gran obra: Érase una vez en América. Paramount, sin embargo, tenía otros planes. Tras el rodaje de El bueno, el feo y el malo, Leone estuvo casi obligado a embarcarse en otro western que reventara la taquilla.

Sin renunciar a la técnica que le hizo famoso en sus tres trabajos anteriores, el italiano siguió innovando para darle la vuelta (una vez más) a este género cinematográfico. Entre sus colaboradores volvía a estar el gran Ennio Morricone, que nos regala una banda sonora colosal. En Hasta que llegó su hora, la música forma parte de los personajes. Definen sus caracteres, anticipan los clásicos duelos al sol… Impresionante.

Igual de acertado estuvo todo el reparto. Leone tuvo la oportunidad de trabajar con Henry Fonda, al que esta vez le tocó el papel de malo. Bronson está pletórico como Armónica, un hombre que solo piensa en vengarse. Junto a ellos encontramos a la bella Claudia Cardinale, muy correcta en su rol de mujer de carácter fuerte y decidido.

Sergio Leone maneja a este trío protagonista magistralmente. La historia escrita por Dario Argento y Bernardo Bertolucci es utilizada por el director romano para construir la obra definitiva sobre el Oeste. Leone logra dilatar cada segundo del filme, dejando al espectador en tensión constante hasta el mítico duelo final.

Lo único malo del filme es ser su duración: casi tres horas de película que, en ocasiones, puede volverse pesada. Además, los personajes de Hasta que llegó su hora no son tan carismáticos como los protagonistas de El bueno, el feo y el malo, pero están a la altura. Bronson no es mejor que Eastwood, pero Fonda sobrepasa a Van Cleef… es un villano casi perfecto.

Por estos y otros muchos detalles merece la pena rescatar una de las películas favoritas de Tarantino. Con Django el Cine nos demuestra que ningún género debería morir, sino transformarse. Hay mucho Leone en Tarantino… y lo seguirá habiendo.

 

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[Reportaje] James Stewart, el favorito de Hitchcock

Para la comedia, los westerns o los thrillers. James Stewart valía para todo. Su talento interpretativo le llevó a trabajar con los más grandes directores: desde John Ford a Frank Capra, pero fue con Alfred Hitchcock con el que consiguió los papeles que le convertirían en una leyenda. Hoy, 15 años después de su fallecimiento, queremos recordar a uno de los mejores actores de la Época Dorada de Hollywood.

Aunque su fama es hoy en día enorme, los comienzos de James Stewart en el Cine no fueron nada fáciles. El actor nacido en Pensilvania pasó verdaderas penalidades para salir adelante. Su compañero de fatigas fue su amigo Henry Fonda, que lo acompañó de audición en audición hasta que ambos recibieron la llamada de Hollywood. Curiosamente, ambos actores comparte el mismo estilo interpretativo: Stewart y Fonda proyectan una imagen tímida, pero íntegra y decidida, de personas honradas. Justamente, los roles que han caracterizado a ambos intérpretes.

La gran oportunidad de Stewart llegó a finales de los años 30, época en la que consiguió papeles importantes. Dos fueron sus colaboraciones con Frank Capra en estas fechas: Vive como quieras (1938) y Caballero sin espada (1939). En 1940 llegó la recompensa a su esfuerzo. Historias de Filadelfia, de George Cukor, le dio su primer y único Oscar al Mejor actor. En esta deliciosa comedia Stewart mantiene el tipo ante dos colosos de la gran pantalla: Cary Grant y Katharine Hepburn.

La Segunda Guerra Mundial truncó el ascenso meteórico de Jimmy Stewart, pero consiguió una imagen de patriota, leal y útil americano. Ascendió rápidamente y volvió a Hollywood con muchas ofertas en el horizonte. La más interesante, junto a Fran Capra de nuevo: ¡Qué bello es vivir! (1946), que rápidamente se convirtió en todo un clásico del cine navideño.

Al final de la década Stewart giró hacia un cine más serio. De la mano de Alfred Hitchcock, que encontró al que sería su gran actor fetiche. La soga, una adaptación de la obra teatral de Patrick Hamilton, fue filmada casi en su totalidad con una sucesión de planos-secuencia, tratando de imitar al libreto original. James Stewart soporta todo el peso de la película. Hitchcock quedó tan contento con él que ambos rodarían tres películas más.

La segunda colaboración del maestro del suspense con Stewart dio como resultado una auténtica joya. La ventana indiscreta vuelve a reunir al director con su actor favorito, interpretando esta vez a un inválido que sospecha que su vecino ha cometido un crimen. Hitchcock logra crear una tensión constante sin ni siquiera cambiar de escenario, logrando uno de sus mejores trabajos.

Con Vértigo, cuarta y última colaboración después de El hombre que sabía demasiado, consiguieron modestas críticas, pero la película ha ido ganando peso con el paso del tiempo. Hoy es una de las joyas de la filmografía hitchconiana. Vértigo es un complejo thriller, una lección de psicología sobre una intrigante trama. Stewart concluye magistralmente su etapa de suspense con el director inglés, para centrarse en otros géneros.

El lejano oeste fue uno de los escenarios favoritos para el actor. Stewart colaboró en casi una veintena de westerns. Anthony Mann fue el director con el que compartió mayor número de títulos, desde Winchester ’73 en 1950 hasta El hombre de Laramie en 1955. También con el gran John Ford rodó algunos títulos imprescindibles, como El hombre que mató a Liberty Valance.

¿Cómo un actor que ha aparecido en 92 películas termina su carrera solo con una estatuilla? Stewart tuvo ocasión de ganar el Oscar en cinco ocasiones. La última, en 1959 con Anatomía de un asesinato. Su relativa falta de galardones no le resta importancia a uno de los mejores actores de todos los tiempos. Sin Jimmy Stewart, Hollywood nunca habría vivido su Época Dorada.

 

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[Reportaje] Katharine Hepburn, digna de alabanzas

Si Marlon Brando es el mejor actor de la Historia del Cine para muchos expertos, cinéfilos y aficionados hay quien afirma que su equivalente femenina bien podría ser la eterna y sin parangón Katharine Hepburn. La actriz más laureada de todo el pasado siglo XX falleció un día como hoy hace 9 años a los 96 años de edad. Su vida, su obra y su carácter la hicieron pasar a las páginas doradas de la cinematografía norteamericana y mundial.

Sus doce nominaciones a los Oscars la convirtieron en el animal cinematográfico más talentoso que jamás pasó por la gran pantalla. Actualmente superada por Meryl Streep con 17 candidaturas, Hepburn tuvo el honor de conseguir todos sus reconocimientos como actriz principal, algo que nunca nadie ha logrado. Por si fuera poco, ganó cuatro Oscars convirtiéndose en el intérprete más galardonado de la Historia seguida de Jack Nicholson, Walter Brennan, Ingrid Bergman y Meryl Streep, actriz a la que jamás soportó.

Y es que Katharine Hepburn siempre fue una mujer con un férreo carácter que la llevó a enfrentarse con la mayor parte de los miembros del Hollywood de la época. De Montgomery Clift dijo auténticas barbaridades sobre su estado mental así como de su propio marido, el también actor Spencer Tracy, lo que indica que demostraba tanta fuerza como talento a la hora de vivir y de enfrentarse a su propio trabajo.

El American Film Institute elaboró una lista que reflejaba las que, a juicio de los miembros de la asociación, eran las cinco mejores actrices de la Historia. El primer lugar lo ocupaba una Katharine Hepburn que derrochó buen hacer en películas tan conocidas como Historias de Filadelfia, La fiera de mi niña, La costilla de Adán o Adivina quien viene esta noche. Sin embargo, y pese a que son las que más rápidamente al imaginario colectivo, sus interpretaciones se trasladan a cintas como María Estuardo, De repente el último verano, La reina de África o En el estanque dorado. Todas ellas son la prueba fehaciente del enorme talento y mezcla de temple y carácter que la llevaron a convertirse en la mejor intérprete de la Historia.

Capaz de encarnar a toda una reina de Inglaterra como a una adinerada sin escrúpulos, Hepburn siempre tuvo la oportunidad de combinar grandes papeles con interpretaciones principales pero respetando el espacio de sus compañeros. Buena prueba de ello son sus interpretaciones con Cary Grant, James Stewart, Sidney Poitier, Henry Fonda, Elizabeth Taylor, John Wayne, Peter O´Toole o con Spencer Tracy.

Precisamente con Tracy formó una de las parejas clásicas más recordadas de la Historia del Cine. La dupla, mayormente formada en la comedia, permitió a ambos conocerse dentro y fuera de la pantalla y mantener su relación sentimental hasta la muerte de él, en 1967, pocos días después de terminar de rodar aquella maravillosa fábula contra el racismo llamada Adivina quien viene esta noche. Nueve fueron las películas que esta maravillosa pareja rodó en toda su carrera.

En 1933, fue galardonada en los Oscars por primera vez por su interpretación en Gloria de Un Día. Este veneno para la taquilla, como fue apodada por los productores de la época por obtener varios fracasos consecutivos entre 1934 y 1935. Sin embargo, supo reponerse y aprendió a escoger sus papeles, roles que combinasen su talento teatral con su porte e imponente presencia en pantalla. Más adelante, consiguió vencer en las tres últimas ocasiones a las que fue candidata. Adivina quien viene esta noche, El león en invierno y En el estanque dorado fueron sus últimos premios. Mujer ampliamente premiada, Katharine Hepburn nunca recogió ni uno solo de los Oscars que ganó y solo en una ocasión se presentó a la ceremonia. Fue para entregar el Oscar honorífico a Lawrence Weingarten y acudió vestida con un pijama protestando por la simpleza e intrascendencia de los premios.

Katharine Hepburn padeció la enfermedad de Parkinson hasta su muerte aunque siempre se dedicó a negarlo afirmando que eran temblores heredados de su abuelo. La vida de la gran Hepburn se apagó el 29 de junio de 2003 y, como emotivo homenaje, todos los teatros de Broadway apagaron sus luces en honor a ella.

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[La Máquina del Tiempo] 12 hombres sin piedad

“Tengo una duda razonable”. Sobre esta sencilla base Sidney Lumet monta uno de los mejores dramas judiciales de todos los tiempos. El director, del que recientemente se cumplió el primer aniversario de su muerte, debuta en la gran pantalla con una obra maestra. Gran trabajo de guión y actuación, que hacen de 12 hombres sin piedad (1957) una película intemporal.

Lumet quiso iniciarse en el cine a lo grande, con un género que llegaría a dominar muy bien. Con un presupuesto más que modesto, logró sacarle partido a la excelente historia de Reginald Rose, concebida unos años antes para la televisión.

El resultado, tres nominaciones a los Oscars: Mejor película, Director y Guión adaptado; pero ningún galardón. Sidney Lumet tendría que esperar hasta 2004 para recibir el premio honorífico de la Academia, justo homenaje tras cuatro infructuosos intentos.

El cine de tribunales está plagado de grandes títulos. Testigo de cargo, de Billy Wilder, o Matar a un ruiseñor, de Robert Mulligan, son dos auténticos clásicos del género. Por encima de ellas se sitúa 12 hombres sin piedad. Lumet no plantea la típica película judicial. Aquí el protagonista no es un carismático abogado o un recto juez. Lo importante se desarrolla fuera del estrado, en una sala sin apenas ventilación donde hace un calor asfixiante. Los que imparten justicia son 12 hombres corrientes que tienen en sus manos la vida de un muchacho acusado de dar muerte a su propio padre. Es la otra justicia, la de la calle.

Cuesta creer que una película, tan sencilla en apariencia, pueda crear una tensión constante entre los espectadores. Sidney Lumet lo consigue sin salir de la habitación donde delibera el jurado. Esos 12 hombres se juegan mucho. La decisión que tomen podría llevar a un joven a la silla eléctrica. Bajo una puesta en escena sencilla se esconde un sólido guión, con diálogos memorables. No hace falta nada más. Es la sencillez de la teatralidad.

Al frente de esos 12 hombres sin piedad está el gran Henry Fonda, interpretando posiblemente el mejor papel de su carrera. Gracias a su traje blanco, su uso de la retórica y la argumentación logra sembrar la duda entre los demás miembros del jurado. El personaje de Fonda simboliza la integridad y la responsabilidad. Cumple con la labor que se espera de un jurado popular. Está informado y sabe ver más allá de los hechos.

Fonda se rodea de un elenco de secundarios a un gran nivel. 12 hombres con 12 mentalidades y procedencias distintas. Destaca la interpretación de Lee J. Cobb, némesis de Fonda en el jurado. Aquí encontramos dos tipos de liderazgo, el racional contra el autoritario. Ambos tratarán de imponerse al resto de miembros.

Lumet hace una dura crítica de la pena de muerte y cuestiona el sistema del jurado popular. Los 12 hombres elegidos son gente influenciable, sin conocimientos legales, que se dejan llevar por sus prejuicios en la toma de decisiones. En definitiva, no están a la altura de la responsabilidad que exige juzgar a un hombre que puede morir. Se frivoliza con la vida de un muchacho.

La tensión va en aumento a medida que el film avanza. Las constantes votaciones hacen mella en los 12 hombres, transformados en números, pues no tienen nombres ni apellidos. El espectador llega a conectar de tal manera con la historia que comparte en cierta medida la responsabilidad del jurado. Sensación lograda a pulso gracias a los primeros planos y a la irrespirable atmósfera que se extiende en torno a la hermética sala.

Sidney Lumet hará otras incursiones en el género judicial, como en Veredicto final, pero nunca con la brillantez que despliega en 12 hombres sin piedad. Es en su primera película donde encontramos lo mejor de este director. Una auténtica joya que merece la pena volver a ver.

 

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[La Máquina del Tiempo] Las Uvas de la Ira

Normalmente, se suele decir que Las Uvas de la Ira es la película perfecta para ilustrar los tiempos de crisis. Una película tan clásica como actual esta adaptación de la novela de John Steinbeck nos sitúa en una acción atemporal que siempre se mantendrá vigente. Dirigida magistralmente por John Ford y protagonizada por el eterno Henry Fonda, Las Uvas de la Ira es un auténtico ejercicio de homenaje a las clases más desfavorecidas, sufridoras sempiternas de los estratos más autoelevados de la sociedad.

Concentrar en algo más de dos horas la obra maestra de John Steinbeck fue una tarea harto complicada para Nunnally Johnson, autor de algunos de los guiones más representativos del llamado “Hollywood dorado”. La Mujer del Cuadro, Tierra de Audaces, Doce Del Patíbulo, Rommel: El Zorro del Desierto o Cómo Casarse con un Millonario son algunos ejemplos de los libretos que este excepcional escritor compuso para la gran pantalla.

Sin embargo, las líneas de Johnson no habrían tenido sentido alguno si detrás de la cámara hubiese estado otro nombre que no fuese el de John Ford. El maestro del western, activo desde 1917 hasta 1966, utilizó algunos recursos cinematográficos en esta película que hoy consideramos como normales y obvios que resultaron ser una revolución en su tiempo. Técnicas de montaje, movimientos de cámara o modos de iluminación son algunos de los ejemplos que pueblan el gran saber hacer de uno de los grandes autores de la Historia del Cine.

Crisis económica, falta de trabajo, éxodo urbano, familias desamparadas, ancianos y niños en situaciones muy peligrosas, inestabilidad emocional, campamentos de concentración precarios. Este panorama es el que nos presenta John Ford en una película que ha calado hondo en la sensibilidad de millones de espectadores a lo largo de las generaciones. Las Uvas de la Ira es una de las películas más recordadas de Henry Fonda en la cual realizaba una portentosa interpretación mientras veíamos girar a su alrededor un mundo que se desmoronaba por completo. En esta cinta no hay lugar al amor y al gozo. Sólo hay desesperación y ansias por conseguir una forma de vida mejor. Sin lugar a duduas, es un fiel retrato de una época donde conseguir que el empresario de turno te pagase dos centavos y medio por día era todo un logro.

Las Uvas de la Ira demuestra la capacidad del ser humano para luchar por lo que considera suyo y a enfrentarse a la manifiesta escasez de escrúpulos que poseen los adinerados para jugar con los deseos, ilusiones y posesiones de los que menos oportunidades tienen. Los que cada vez se hacen más ricos son aquellos que no trabajan sino que se aprovechan del más necesitado. En esta película la bondad del ser humano desaparece en cuanto se cruzan las fronteras de uno mismo y de nuestro propio círculo. El ser humano anda a su parecer y en base a sus propios designios. Y más en épocas de crisis. No hay lugar para la solidaridad, el compartir sino al más puro instinto de supervivencia. Pero, sin embargo, y como bien muestra el personaje de Jane Darwell siempre queda algo de esperanza en este oscuro presente al que están condenados.

John Ford dirige una película que también parece denunciar y querer manifestar la falta de humanidad que demuestran las fuerzas del orden en épocas de crisis. Los encargados de velar por la seguridad de los ciudadanos parecen ponerse del lado del adinerado y acudir como simples borregos a la llamada de su dueño. Y ya sabemos quien sale perdiendo en estos casos. En esta película vemos también desarrollarse movimientos de presión y huelgas que determinan el futuro de los trabajadores e influyen en la concesión de unos sueldos u otros en base a la coacción que se ejerce sobre el empresario. Eran otros tiempos y la crisis de 1929 no es la que vivimos actualmente. Sin embargo, el miedo a que nos quiten lo nuestro sigue vigente. En la cinta son unos tractores ordenados por una empresa latifundista mientras que en la actualidad es el Gobierno y los bancos quien obecede al poderoso caballero.

Como decíamos, Las Uvas de la Ira es una película atemporal. Aquella que servirá para generaciones futuras a la hora de estudiar tanto la filosofía del hombre en tiempos de crisis como para discenir los comportamientos de las clases sociales con respecto a un derecho fundamental e inalienable como es el trabajo.

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