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[Crítica Series] Downton Abbey

Es curiosa la fascinación que causa la pompa y el boato de los dramas conspiratorios de la aristocracia decimonónica entre un público que guarda ya escasas similitudes con la mentalidad y el entorno de estos curiosos personajes arraigados a su tiempo histórico. Probablemente sea el decadente mundo subyacente hibernado entre el oropel y el deslumbrante poder de las apariencias; o la vacilante linde que rige los inciertos terrenos de la grave rectitud y el transgresor nihilismo más insospechado; o quizás el acérrimo inmovilismo de una clase social abocada al precipicio como una crónica anunciada de su propio cataclismo, los que hacen de la amanerada conducta de la nobleza un producto de consumo digno de aprecio y seguimiento entre las nuevas generaciones.

En este sentido, nadie como los británicos han sabido ensalzar las miserias y bondades de la aristocracia conjugando su poder de seducción con el implacable retrato de su fingido pundonor. No en vano, ha sido su propio devenir histórico el encargado de modelar una suerte de icono basado en la dignidad y caballerosidad de su clase, que tradicionalmente se ha opuesto a los excesos grandilocuentes y extravagantes de sus vecinos franceses y españoles o la ruda austeridad de los centroeuropeos. Hablamos de esa característica flema británica, esa distante traza de superioridad que abarca desde el terreno político hasta la herencia cultural heredada a través de los siglos con la asumida certeza de ser los pioneros en crear conceptos tan abstractos como el liberalismo o el teatro. Más allá de ser todas ellas cuestiones al menos objetables, no vamos aquí a negar que se trata de una cultura admirable, repleta de matices, tan profusa en atributos como en lacras; un submundo, en fin, de códigos y lealtades apasionantes que es un verdadero placer ver desgranado en sucesivos episodios en la pequeña pantalla.

Downton Abbey es una obra maestra que corrobora lo que podríamos catalogar como la edad dorada de la televisión. Si bien es cierto que la producción de ficción televisiva estadounidense ha centrado buena parte de la atención de la crítica y el público internacional con series de inestimable valor artístico, no se debe obviar los exigentes patrones cualitativos autoimpuestos por los creadores británicos, especialmente por los responsables de la cadena pública BBC, con trabajos como Sherlock, Luther, Being Human, Doctor Who o Gavin & Stacey. La competencia no ha tardado, pues, en comprender la necesidad de, en lugar de descender al fango del sensacionalismo, apostar por una televisión de calidad; el Canal 4 sorprendió hace dos años con Misfits e ITV arriesgó esta pasada temporada con Downton Abbey, una seria con un coste neto de un millón de euros por episodio, que ha sido recompensada con el favor de crítica y público, hecho que le ha valido la renovación para la esperada segunda temporada, actualmente en proceso de producción.

Es una obviedad que de méritos no adolece. La serie creada por Julian Fellowes cuenta con la clara referencia televisiva de Arriba y Abajo (1971-1975) y evidentes similitudes con la fantástica película de Robert Altman (y escrita por el propio Fellowes) Gosford Park; con las que, además, comparte el minucioso retrato de las relaciones humanas entabladas en un entorno cerrado y estratificado, en este caso la la mansión señorial de los Grantham. Es precisamente esa atmósfera de cierta clausura donde la comunicación exterior es muy limitada la que propicia que los sentimientos recíprocos se intensifiquen, cobren una especial dimensión en cuanto determinan directamente las relaciones entre los personajes. Envidias, ambiciones, amores soterrados, conspiraciones, el honor como máxima indiscutible y lealtades insobornables se dan cita en un microcosmos sobre el comportamiento humano en una época ya superada de la que, sin embargo, perviven muchos de sus equívocos.

Todo se nos antoja como una función de teatro en la que representar mediante máscaras unos roles adquiridos por la tradición y la coyuntura concreta de los acontecimientos. Este espectáculo dramático de tintes rocambolescos se inicia con la contrariedad de una muerte inesperada que puede desencadenar una crisis sucesoria en todo regla, además de introducir un elemento extraño y exótico dentro de la rutina ambiental de Downton Abbey. Desde el conflicto, el cual coincide con el hundimiento del Titanic, la trama se desarrolla con un ritmo sosegado, desplegando sus claves en un primer acto brillante en el que seguimos por los vericuetos de la abadía a los personajes en sus quehaceres diarios, ya sean estos limpiar una chimenea, preparar el desayuno, planchar las hojas del periódico o dedicarse a la extenuante vida contemplativa de una joven aristócrata. Cada uno de ellos cuenta con su particular libreto que respetar tal y como lo requiere su interpretación; desde el mayordomo severo y algo cotilla, hasta la joven casadera a la que hallar prontamente un pretendiente, pasando por la oronda cocinera gritona, la estricta ama de llaves, la hermana envidiosa, el lacayo malévolo, el padre de familia solemne y consciente de su crucial importancia, o la abuela que da sentido a la expresión rancio abolengo.

El mayor interés de la obra reside, no obstante y paradójicamente, en el cambio. Ese dinamismo temido por una clase social afincada en un tiempo inmemorial que debe adaptarse a una época de efervescencia política, tecnológica y cultural. El cambio de siglo no llegó hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914, y los Grantham debe presenciar cómo el orden conocido y heredado de siglos atrás se desintegra en un corto periodo de tiempo; la electricidad revoluciona los hábitos del hogar, el teléfono las comunicaciones, el socialismo amenaza con arrumbar con el orden político, el feminismo y su reivindicación del voto se enfrenta al anacronismo de la tradición machista, la modernidad de pensamiento hace surgir el concepto mismo de ‘fin de semana’ y un nuevo modo de organización del trabajo… La realidad muta, y los individuos, aunque siempre reticentes a la transformación, deben adaptarse a ella, y así lo presenciamos en una temporada de siete capítulos vertebrados por un rigor histórico envidiable y una capacidad pasmosa para cautivar al espectador mediante historias de evidente atractivo.

En ese sentido, es digno de mención el trabajo excelente del reparto coral que compone la producción, deudores del mítico buen hacer de la escuela interpretativa británica, en el que destaca una Maggie Grace que parece haber nacido bajo la piel de la viuda de lengua afilada Lady Grantham, el inconfundible rostro y la portentosa voz de Jim Carter como el mayordomo omnisciente, o la sugerente Michelle Dockery como Lady Mary. La ambientación, el gusto por el detalle, la fotografía y la banda sonora de John Lunn son otras de las credenciales para poder aseverar sin temor a equivocarnos que Downton Abbey es, a día de hoy, la serie del año. Juzguen por ustedes mismos. Eso si, no pierdan la oportunidad de gozarla en versión original para apreciar los matices y el acento británico más aristocrático. Una verdadera joya.

Lo Mejor:

- Su cuidadosa puesta en escena, el gusto por los detalles, la excelente recreación histórica, el vestuario y la banda sonora.

- El elenco de intérpretes herederos de la mejor escuela británica.

- Su poder de fascinación en la narración de los acontecimientos.

Lo Peor:

- Cierta complacencia con la nobleza que retrata, la cual se preocupa de forma incluso forzada de la salud y situación personal de cada miembro del sevicio.

- Algunos personajes están dibujados con escasos matices; suelen estar dividios en ‘buenos y malos’

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