Todos los post de Jesús Benabat

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[Retrospectiva] Harry Potter y el Misterio del Príncipe

La empresa no era fácil, y es justo reconocerlo. Posiblemente la novela de El Misterio del Príncipe sea la menos plástica de la saga, ya que está basada, en su mayor parte, en el retrato psicológico de Lord Voldemort a través de los recuerdos que Dumbledore y Harry Potter desgranan a lo largo de toda la trama, desde ese primer contacto del director de Hogwarts con un niño traumatizado por unos poderes que no comprende e inserto en un orfanato del mundo muggle; hasta el ascenso a la categoría de villano por excelencia del universo mágico. Y es que a pesar de que la película sigue las andanzas de Harry Potter, el protagonista absoluto de esta nueva aventura fílmica es ese némesis oscuro al que da vida Ralph Fiennes y que funciona como un enigmático polo atractivo que cobra vida a medida que se van descubriendo algunos de sus secretos más íntimos.

Lo cierto es que la película aburre en la mayor parte de su desarrollo, especialmente para aquellos que no estén familiarizado con el reverso literario, y únicamente levanta el vuelo al final, cuando en el asalto al castillo de Hogwarts se ponen en liza todos los efectivos de uno y otro bando en una espectacular batalla sin concesiones que servirá de preludio a la guerra final entre el Bien y el Mal. Además, es en este punto de la historia cuando la autora acomete el giro argumental más osado de la saga que condicionará el consecuente devenir de los acontecimientos.

Es destacable asimismo de esta El misterio del Príncipe su intento de introducir mayores elementos cómicos en una trama ya de por sí demasiada oscura. Se juega con el gag visual y la comicidad de algunos de sus personajes, como es el caso del profesor Slughorn, al que interpreta el siempre genial Jim Broadbent; aunque con resultados dispares y siempre en segundo plano respecto al discurso grave y grandilocuente de la historia principal.

La sensación que deja esta película es muy similar a la suscitada por la novela de Rowling; se entiende como un interludio relativamente necesario entre la frenética sucesión de acontecimientos pretéritos y futuros, como una pausa instrospectiva que la autora introduce para dar un mayor calado a la historia que narra, ofreciéndonos subtramas que complementan y condicionan el esperado y evidente final, el enfrentamiento entre el señor oscuro y el niño que lo consiguió derrotar por primera vez.

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[Retrospectiva] Harry Potter y el Cáliz de Fuego

Paradójicamente, la que podría haberse erigido como cima absoluta de la saga Potter, en consonancia a la calidad literaria y creativa de la cuarta novela, sin duda la más trepidante, densa y bien construida; Harry Potter y El Cáliz de Fuego deviene más bien en un intento fallido de ahondar en la oscuridad del mundo mágico de Hogwarts hasta alcanzar cotas esperpénticas que no casan con el tono general de una historia muy alejada de ese aire grave y apocalíptico que parece querer insuflar a la trama los responsables de la película.

Entre los culpables, lo más factible sería señalar a Mike Newell como causante de una evidente merma cualitativa respecto a sus predecesoras, aunque quizás pecáramos de simplistas e injustos. Es cierto que la nota predominante de la carrera cinematográfica de Newell no ha sido precisamente la coherencia o el caracter personalísimo de sus propuestas (su obra más destacada es la mediocre Cuatro bodas y un funeral), sin embargo cabria preguntarse si es el único responsable del desliz creativo de esta cuarta entrega que decepciona en diversos ámbitos.

En primer lugar, se hace notorio el buen trabajo realizado por Alfonso Cuarón en la dirección de los actores más jóvenes del reparto, los cuales vuelven a adolecer del más mínimo dinamismo y credibilidad en esta película; Potter es, una vez más (aunque ahora de mayor, lo que es más grave), un sosainas sin sangre fluyendo en las venas; Ron detenta cierta comicidad aunque sus caras de espanto no dejen de ser francamente risibles; y Hermione desarrolla esa capacidad genuina suya de irritar al personal a raíz de cada una de sus expresiones de preocupación.

El desarrollo del guión tampoco ayuda; la larga extensión del libro se convierte más en un escollo que en una oportunidad para explotar diferentes subtramas, suscitando esa sensación de amalgama de circunstancias hiladas con dificultad que ya se repetían en las primeras entregas. Todo parece caricaturesco, impostado, manierista en las formas, muy desencaminado del producto de entretenimiento que, al fin y al cabo, es Harry Potter.

Es una suerte que en esta película se pueda disfrutar por primera vez de un Lord Voldemort físico encarnado por Ralph Fiennes (electrizante e inquietante ese renacer del caldero y su encuentro con los vasallos) o del auror enigmático Ojoloco Moody, al que da vida Brendan Gleeson. Además, se hace patente un progresivo uso del humor que aligera en ocasiones el discurso épico grandilocuente y que queda plasmado en situaciones realmente divertidas, como ese gran baile de gala en el que Harry y Ron se inician torpemente en las dotes amatorias propias de los adolescentes de su edad.

El Cáliz de Fuego deja esa amarga sensación de lo que pudo haber sido, la adaptación cinematográfica de la, posiblemente, mejor novela de la serie de J.K. Rowling. Desgraciadamente, no se supo extraer la esencia de su reverso literario y quedó como muestra de lo difícil que es emular la imaginación de un lector fantasioso en imágenes reales concebidas para el cine.

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[Retrospectiva] Harry Potter y el prisionero de Azkaban

Cuando todo parecía indicar que la saga Harry Potter se dejaría llevar por la inercia de una historia plenamente arraigada en la mente de millones de lectores que colmarían con su imaginación los evidentes huecos de los que adolecía su adapatación cinematográfica, un seísmo creativo de la talla del mexicano Alfonso Cuarón removió los cimientos de la mojigatería y complacencia infantil latentes en sus predecesoras para traer nuevos aires más acordes con la avanzada pubertad de Harry y sus amigos.

El prisionero de Azkaban, cuya novela correspondiente no era, sin duda, la más trepidante ante la ausencia explicíta de ese vértice maligno encarnado por Lord Voldermort, renueva los códigos cinematográficos de la saga introduciendo elementos tan necesarios como trancisiones que aligeren el peso de una sucesión de acontecimientos infinita o escenas en las que se pretende conectar con el mundo interior de su protagonista, ejemplarizado con sus conversaciones con el profesor Remus Lupin.

Probablememte esta sea la adaptación más fiel de todas, aunque Cuaron eluda la traslación paso a paso de los diferentes pasajes del libros, de hecho obvia algunas subtramas que muchos ortodoxos reclamen como imprescindibles. De forma mucho más sencilla, lo que el realizador mexicano hace es contar una historia de forma coherente, como una cinta de aventuras con un principio y un final que funciona de forma autónoma y eficaz. Desde ese espectacular arranque en la casa de la familia muggle de Harry y su consecuente huida en el autobús noctámbulo (¡que portento de estética gótica en un oscuro y enigmático Londres) con los terroríficos dementores tras sus pasos, hasta ese ingenioso juego de tiempo-espacio que J.K. Rowling se saca de la manga para salvar a Sirius Black en un sorprendente final que cobra una dimensión especial visto en la gran pantalla.

Por si fuera poco, en esta tercera entrega tenemos el privilegio de disfrutar de Gary Oldman como el enloquecido y defenestrado Black, el caricaturesco Timothy Spall como el vil vasallo Colagusano, Emma Thompson en el rol de la alucinada profesora de adivinación o Michael Gambon en sustitución del fallecido Richard Harris como profesor Dumbledore. De igual modo se agradece un avance considerable en las aletargadas dotes interpretativas del trío protagonista, quienes se desarrollan tanto fisica como emocionalmente para el alivio y el disfrute del personal.

El prisionero de Azkaban es pura magia fílmica, encuentra el secreto de la pocima del entretenimiento y la agita hasta encandilar a los espectadores que asisten maravillados a un espectáculo de aventuras sin concesiones. Aquí Harry Potter alcanza un nivel de adaptación que se acerca a la excelencia gracias a una estética más atrevida y oscura, un ritmo sostenido y con una fluidez inédita hasta ahora, y un espíritu que empatiza en mayor medida con los seguidores adolescentes de la saga que con el público infantil atraído por una promoción poco fiel a la realidad.

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[Retrospectiva] Harry Potter y La Cámara Secreta

Es una lástima que la segunda entrega, aunque continuaba  la senda marcada por su precedente, heredaba  algunos de los desaciertos más notorios de la misma. La anquilosada dirección de Columbus, quien no se permitía la licencia de realizar el más mínimo movimiento innovador con la cámara o en la anodina puesta en escena, unida a la literalidad excesiva de la adaptación cinematográfica, hicieron necesaria una renovación inmediata en el planteamiento de la saga si realmente pretendía continuar de forma indefinida.

Y es que, si bien el desarrollo de la trama era prácticamente idéntico a la de su homóloga literaria, la extensión constreñida del film (que no dejaba de ser de más de dos horas y media) no permitía la inclusión de cada uno de los pasajes del libro, por lo que los responsables optaron por cortar momentos de gran importancia para el devenir de la historia. La sensación general suscitada era la de estar asistiendo a un puzzle al que le faltaban piezas, que no fluía de forma independiente al conocimiento previo de la novela, y  que cuando lo hacía era de forma atropellada, sin transiciones y contando más cosas de las que cabrían en una película para adolescentes.

No obstante, Harry Potter y La Cámara Secreta no deja de ser un entretenimiento apreciable muy necesario en el desarrollo de la saga, apoyada en una interesante historia  de misterio y ciertas resonancias detectivescas que nos descubre una faceta más del máléfico Lord Voldemort, al mismo tiempo que nos regala una divertida interpretación de Kenneth Brannagh como el inefable profesor Lockhart.

A partir de este punto, todo cambiaría y el espíritu de las aventuras del joven mago se adentró en terrenos más oscuros y misteriosos con resultados dispares. Con La Cámara Secreta se da por finalizada la etapa infantil e inocente de la saga al mismo tiempo que se abría a un público más amplio al que se pretendía llegar con mayores dosis de espectáculo y efectos visuales.

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[Retrospectiva] Harry Potter y La Piedra Filosofal

El esperado final de una de las sagas cinematográficas más exitosas de la historia se acerca de forma inminente y un nerviosismo generalizado por presenciar, esta vez plasmado sobre la pantalla, el apocalíptico y mágico combate a muerte entre el Bien y el Mal, se va haciendo cada vez más perceptible entre la nutrida legión de incondicionales del mago con gafas redondas, es decir, Harry Potter.

Lo curioso del fenómeno literario de J.K. Rowling, trasladado ahora a las salas de cine de medio mundo tras vender millones de ejemplares y alimentar la imaginación de una multitud de adolescentes ávidos del sugerente estímulo de la fantasía; es la compleja empresa que han llevado a cabo sus responsables al encandilar (incluso podríamos hablar de suscitar una sana adicción) a diferentes generaciones de jóvenes que han crecido con las aventuras del mago de Hogwarts.

Y es que han transcurrido ya trece años desde que la escritora británica publicara con un éxito inesperado la primera novela de la saga, Harry Potter y la Piedra Filosofal, periodo de tiempo suficiente para que sus primeros lectores hayan crecido y superado esa etapa “mágica” que todos hemos vivido en nuestra más tierna juventud.

Sin embargo, ahí continúan, como un servidor, esperando impacientemente la última aventura cinematográfica del señor Potter, unidos por un extraño lazo de empatía fantástica con las generaciones que llegaron después y que no cesan de acercarse a ese mundo tan cercano como absolutamente maravilloso que  aglutina el colegio de Hogwarts.

Ahora que casi hemos llegado al final del camino (aunque Rowling parezca sugerir lo contrario), se hace imperiosa echar la vista atrás y valorar, cinematográficamente hablando, lo que nos ha deparado una saga ya inmortal, comenzando desde sus orígenes hasta la última entrega vista en cines, que servirá como preludio a Las Reliquias de la Muerte.

Harry Potter y La piedra filosofal  (70/100)

Harry Potter y la Piedra Filosofal marcó el siempre difícil arranque cinematográfico de un fenómeno literario que ya en 2001 había alcanzado una incidencia mundial, suscitando, como es obvio, una expectación tan sólo comparable a la adaptación de otra obra magna de la literatura fantástica, El Señor de los Anillos, que también hacía su aparición por aquellas fechas.

El estricto control que la autora, J.K. Rowling, infringió sobre los responsables de la película, los cuales fueron elegidos con el beneplácito de la misma, favoreció una literalidad evidente en la traslación a la pantalla de la novela, hecho puesto de relieve desde la elección del trío actoral protagonista (físicamente muy semejantes a la imagen preconcebida por la imaginación de la escritora), hasta la recreación minuciosa y conseguida de cada uno de los lugares fantásticos que brotaban de las páginas del libro. De hecho, desde el punto de vista artístico, la factura de esta primera aventura fílmica de Potter es impecable, podríamos decir que incluso artesanal en la elaboración de escenarios y artilugios mágicos que conferían a la película un evidente aire de descubrimiento iniciático de un mundo paralelo.

La Piedra Filosofal no eludió en ningún momento el marcado espíritu infantil que inspiraba las aventuras de un Harry Potter que sólo contaba con 11 años. Para ello, se eligió a un realizador con un amplio conocimiento del género de entretenimiento familiar, Chris Columbus (Sólo en Casa, Señora Doubtfire), para dar forma a una trama inocente, bonita y complaciente que nos presentaba a unos adorables personajes insertos en un enigmático y maravilloso mundo mágico en el que vivir aventuras trepidantes.

Como principal atractivo para los más curtidos, la película se rodeó de uno de los cast cinematográficos más completos de la década, en la que se incluían actores de la talla de Richard Harris, Maggie Smith, John Cleese, John Hurt, Alan Rickman, Robbie Coltrane o Ian Hart, a los que se sumarían muchos más en secuelas posteriores; dando a la saga un inconfundible aroma ‘british’ como requisito incontrovertible impuesto por Rowling. Y a ello a pesar de la producción mayoritaria de la norteamericana Warner Bros, a la que poco debió importar la remilgada estética del film a tenor de los resultados en taquilla, colocándose como una de las películas más vistas de la historia.

La Piedra Filosofal cumplió con nota su ardua empresa al presentarnos una historia sincera y entrañable que recurría a los valores de la amistad y la solidaridad para enfrentarse a los poderes oscuros que acechaban al trío protagonista. Esta primera aventura no deja de ser por ello un interesante tour por el mundo mágico de Rowling donde nos familiarizamos con el fantástico colegio de magos y sus insospechados vericuetos, así como con la trama que se desarrollará en las siguientes entregas de la saga. Como es obvio, elemental para cualquiera que desee adentrarse en el mundo de Harry Potter.

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