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[Crítica] Dead Slow Ahead

Las entrañas. Motor de vida. Lugar por donde transitan los residuos, los elementos que sostienen la existencia. Mauro Herce opone la existencia humana frente a la material. El acero que envuelve un monstruo de gran tonelaje frente a la piel que rodea al ser humano, monstruoso también, aunque de diferente forma y apariencia. Dead Slow Ahead prolonga la existencia espacio-temporal, reflexiona sobre el presente de todos los que perviven en la soledad y llevan a cabo la atemporalidad de su propia existencia.

Mauro Herce prolonga los planos del horizonte. Aquellos en los que solo discurre una línea que separa cielo y tierra. Y la que separa tierra con mar. Lo inhóspito permanece en ambos extremos. Lo visible y lo invisible. En aquel monstruo de acero, estancia tras estancia, proa y popa, permanecen sujetos a la mirada de quienes pueblan lo imposible. Impasibles ante lo que se presupone tragedia, la tripulación del Fair Lady asiste impertérrita a un paso del tiempo al que se han acostumbrado.

El cineasta fija su cámara expectante. El tercer y último acto de la película define la vida de quienes habitan en las tripas de un universo propio, ajeno a lo que sucede en tierra firme, pendientes del cadencioso movimiento de quien surca los océanos nada más que pendiente de un horizonte interminable. Hablan con sus familiares, aquellos que han quedado alejados de todo, que permanecen expectantes ante cada señal de existencia de quienes han sido devorados en todas las acepciones del término.

Dead Slow Ahead es una reflexión acerca de lo desconocido, de lo que sucede en la vida detrás de los términos más recónditos de la existencia. Algo más cercano al suspense más primigenio que al documental que busca la cercanía. La experiencia puede motivar un rechazo instantáneo o una abrumada pasión por la búsqueda de aquello que el ser humano no está siempre motivado a conocer: la verdad.

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[Crítica] Miles Ahead

Don Cheadle se enfunda, en una interpretación sin precedentes en su trayectoria artística, en la figura de un maestro, de aquel cuyas palabras se escuchaban a través de la boca de su trompeta. Cheadle indaga, investiga, elucubra y muestra el último periodo de la vida de un artista díscolo, con el ego propio de quien se sabe autor de auténticas maravillas y aun así se empeña en desviar la mirada. Cheadle escribe, dirige y protagoniza. Una tarea titánica a la altura de los grandes, de unos pocos que demuestran tener las ideas claras para levantar un proyecto así de la nada.

No es difícil adivinar que, quizás, Miles Ahead pase desapercibida. Miles Davis fue un genio indiscutible. Pero la sociedad actual está de vuelta de los clásicos. La refundación de la industria musical (ojo a lo vivido en Vinyl, la ficción de HBO como explicación al origen de esos “nuevos tiempos”) da nuevas claves para comprender los diferentes cambios que sufren los propios artistas. No ya cuando la música comienza a evolucionar ex profeso sino en el preciso momento en que el propio artista practica cambios revolucionarios sobre su propio cuerpo. Aquí, la conexión entre la propuesta de Cheadle y la magistral intervención de Clint Eastwood en el jazz o ‘música social‘ en Bird posee vehemencia en tanto en cuanto el consumo de drogas determina la producción musical.

Don Cheadle irrumpe en la película sin desvelar poco más que unos pequeños detalles, trazos del rostro de un músico que ha imbuido la figura del actor. A través de un nervioso movimiento de cámara, Cheadle va destruyendo la imagen del mito. Incluso se atreve a cambiar la forma visual de su narración, diferenciando así su época más clásica de su incierto futuro. Terminará asimilando que el autor de Sketches of Spain o Kind of Blue poseyó una vida esclavizada a sus propios vicios. Cheadle es excesivo en su debut, y lo es a sabiendas de que quien está protagonizando sus fervorosas imágenes también lo era. Miles Ahead tiene el nervio de su personaje principal. A través de un montaje que va trasteando por las secuencias pervirtiendo el tiempo y depositándolo en manos de una narración controlada hasta el extremo, la película va emergiendo gracias a una transmutación interpretativa sobresaliente.

Poco importa que Ewan McGregor y Michael Stuhlbarg se sitúen a ambos lados del protagonista conformando una trinidad (industria, artista y prensa). Don Cheadle ha construido un ejercicio historicista ambicioso. Ha huido del biopic al uso y ha escogido la fase más sensitiva de su protagonista, la de las consecuencias, la del resultado de lo vivido. Ha escogido la época en la que Davis quiso adaptarse a los nuevos tiempos, a la irrupción del funk como elemento sustitutivo de esa ‘música social’ a la que se empeñaba en llamar al jazz.

Miles Ahead posiblemente peque de sensacionalismo en diversos fragmentos (la persecución, la drogadicción) pero Don Cheadle los convierte en elementos adyacentes a una narración justamente exagerada. En base a una estructura narrativa circular, director, actor y guionista plantea el presente y futuro (no queda claro qué fue más intenso) de un artista irrepetible. Sin duda Cheadle ha escogido su corona a la espera de ver si Robert Budreau ha convertido a Chet Baker en otro momento álgido de la presencia del jazz en el cine contemporáneo con Born To Be Blue.

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[Crítica] Berberian Sound Studio

Giallo: Subgénero del cine de terror cuyas producciones se ubican principalmente en la Italia de los años 70 y que pretenden atemorizar al espectador más por sus artificios formales que por su fondo argumental.

Dicen que ‘mas vale tarde que nunca‘. En el caso de Berberian Sound Studio la regla se cumple a rajatabla. En 2012, se rodaba una de las películas del género “cine dentro del cine” más estimulantes del año. Se trataba de una cinta en la que la acción permanecía anclada a un técnico de sonido en una época en la que un género como el terror necesitaba de los artesanos para crear sus efectos.

Berberian Sound Studio compone un universo de pesadillas, aquellas que inundaron las pantallas de varias décadas provocando un sinfín de sueños sin resolver, sudores fríos por centenares de sábanas y micciones incontroladas por parte de quienes no podían evitar sufrir el miedo tras haber visto una clásica demostración de lo que el cine es capaz. A través de los ojos de Toby Jones, el espectador desciende hasta el Berberian Sound Studio, un estudio de grabación por el que pasaron la mayor parte de las cintas del giallo dirigidas por maestros como Dario Argento o Mario Bava. Producciones de ínfimos presupuestos que necesitaban del más puro efectismo para conseguir sus objetivos últimos.

El cineasta británico Peter Strickland se cuela en este estudio de grabación para ofrecer los entresijos del sonido, la creación de una atmósfera irrepetible que irá acompañada por un descenso personal a la locura que desemboca en lo mismo que pregonaban quienes dirigian aquellas películas. Lo imposible existe. Lo que no ves, también. Strickland va abandonando a su protagonista a una locura orquestada por un conjunto de sonidos que componen el imaginario de cualquier película de terror, especialmente aquel giallo en el que el horror se plasmaba en la sangre, las triquiñuelas visuales, la simpleza argumental y el uso del sonido era el mayor arma terrorífica.

Sandías que caen, grillos que cantan, el frotar de una bombilla o el simple grito de una mujer son artimañas más que suficientes para aterrorizar a cualquier espectador. Esta es la magia del cine. El arte de crear desde cero un ambiente que aterrorizará, hará reír o dejará indiferente. Así es el terror. Y así nace. Berberian Sound Studio se puede convertir, si accede a que le cuenten los trucos del cine, en una obra apasionante. Donde nada es lo que parece y donde cualquier sonido, por liviano que parezca, puede resultar aterrador. 

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[Crítica] Sunset Song

Terence Davies podría presentarse en cualquier lugar al que acudiera como uno de los realizadores más interesantes y estimulantes del cine británico contemporáneo. Sin ningún tipo de duda, ni actitud dubitativa. Y todos los presentes, asintiendo, verían que lleva la razón. Su clasicismo (confundido en no pocas ocasiones con el despectivo ‘academicismo’) le ha llevado a legar obras de una trascendencia tan sublime como The Deep Blue Sea, La casa de la alegría o Voces distantes.

En todas ellas, el cuestionamiento de los roles sociales es un aspecto que se muestra en primer plano, muchas veces antes incluso que el desarrollo de los propios personajes. En Sunset Song, la cámara centra su mirada en los ojos de la protagonista. Una joven a la que el espectador va asimilando con una época histórica que dibuja su recuerdo en la mirada que ofrece Escocia ante la entrada en el temido siglo XX. Y es que la novela en que se basa la película, obra de Lewis Grassic Gibbon, pertenece a una trilogía que deconstruye las emociones de aquella nación en una época de cambios y cuestionamientos sociales. Davis consigue que su narración sea atemporal e incluso desprovista de espacio. Sunset Song es una obra de carácter universal. Todo lo que sucede permanece sujeto a los mandamientos sociales que preponderaban en una época tan plegada a los roles incuestionables que marcaban las jerarquías eclesiásticas (patriarcales, por definición) que apenas daban lugar al desafio ni al atisbo de rebeldía.

Terence Davies hace que su narración sea plenamente exquisita. Va desvelando, con una plasticidad y cromatismo impecables, toda la trayectoria familiar de la protagonista. Cerca se encuentra un Peter Mullan soberbio (quizás sea reiterar en cuanto a definir a esta bestia interpretativa), con un papel a la altura de sus exigencias: un padre, dueño y señor del hogar, sediento de justicia divina que aplicará con mano dura cuando la situación lo torne preciso. Davies efectúa un trabajo elegante, complejo, a la altura de los grandes maestros. ¿Qué diría John Ford si pudiera corroborar la magnitud de Sunset Song? A un ritmo pausado, marcado a un tempo conveniente con lo que se está tratando, con una fotografía que va contando por sí misma el nacimiento y caída de sus protagonistas. Terence Davies se sumerge en una época incontestable, con precisión. Con precaución.

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[Crítica] La correspondencia

A Giuseppe Tornatore se le ha ido la mano con la inverosimilitud, con las intenciones libidinosas de su personaje protagonista y con la presunta dulzura de la trama narrada. Normalmente, la sola presencia de Jeremy Irons se convierte en uno de esos estímulos que transforman cualquier obra cinematográfica en una prestación de mínimos intereses. El buen hacer del actor británico ha quedado demostrado a lo largo de tres décadas de interpretaciones impecables, arriesgando y rozando los límites en casi cualquier género.

Pero La correspondencia pretende quedar tan solo como mera anécdota. Una desvergonzada historia de amor entre un profesor y su alumna, un capítulo prolongado de Black Mirror, una idea que hace años hubiera tenido sentido pero que ahora se encuentra aletargado en la insistencia y la reiteración de una preciosa historia de amor que poco importa cuando apenas llevas pocos minutos de metraje.

Tornatore ha renunciado a la pausa, al desarrollo y a ofrecer un verdadero libreto a la altura de uno de sus intérpretes. Olga Kurylenko se desenvuelve como puede dentro de un atolladero interpretativo con pocas miras más allá de dejar al espectador apesadumbrado. Y no por la empatía. Situaciones que permanecen ancladas a movimientos ya conocidos de los protagonistas, viajes imposibles, cartas que llegan, SMS que no se responden. Todo va a parar al mismo lugar, a una irremediable sensación de tedio que se soporta por intentar averiguar cuál es el presente de los dos protagonistas.

La correspondencia deja un sabor agridulce. Más especialmente cuando el director imaginó un universo de mentiras en su anterior largometraje, La mejor oferta, protagonizada por un Geoffrey Rush impecable. Ahora, el cineasta italiano se entrega a una leyenda que cada vez se va desgastando aún más. Lejos quedan Cinema Paradiso, La leyenda del pianista en el océano o, incluso, La desconocida. Títulos que pudieron reinar en el cine europeo durante décadas y que han permitido que su autor mantenga su nombre en letras, todavía, doradas. Pero los tropiezos se pagan caros.

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