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[Crítica] Dead Slow Ahead

Una fluctuación entre géneros que descubre una de las películas más inquietantes y enigmáticas de la temporada.

Las entrañas. Motor de vida. Lugar por donde transitan los residuos, los elementos que sostienen la existencia. Mauro Herce opone la existencia humana frente a la material. El acero que envuelve un monstruo de gran tonelaje frente a la piel que rodea al ser humano, monstruoso también, aunque de diferente forma y apariencia. Dead Slow Ahead prolonga la existencia espacio-temporal, reflexiona sobre el presente de todos los que perviven en la soledad y llevan a cabo la atemporalidad de su propia existencia.

Mauro Herce prolonga los planos del horizonte. Aquellos en los que solo discurre una línea que separa cielo y tierra. Y la que separa tierra con mar. Lo inhóspito permanece en ambos extremos. Lo visible y lo invisible. En aquel monstruo de acero, estancia tras estancia, proa y popa, permanecen sujetos a la mirada de quienes pueblan lo imposible. Impasibles ante lo que se presupone tragedia, la tripulación del Fair Lady asiste impertérrita a un paso del tiempo al que se han acostumbrado.

El cineasta fija su cámara expectante. El tercer y último acto de la película define la vida de quienes habitan en las tripas de un universo propio, ajeno a lo que sucede en tierra firme, pendientes del cadencioso movimiento de quien surca los océanos nada más que pendiente de un horizonte interminable. Hablan con sus familiares, aquellos que han quedado alejados de todo, que permanecen expectantes ante cada señal de existencia de quienes han sido devorados en todas las acepciones del término.

Dead Slow Ahead es una reflexión acerca de lo desconocido, de lo que sucede en la vida detrás de los términos más recónditos de la existencia. Algo más cercano al suspense más primigenio que al documental que busca la cercanía. La experiencia puede motivar un rechazo instantáneo o una abrumada pasión por la búsqueda de aquello que el ser humano no está siempre motivado a conocer: la verdad.

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