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[Crítica] Miles Ahead

A través de un montaje frenético y una implicación con el protagonista sobresaliente, Don Cheadle se erige como pontífice de la vida de Miles Davis.

Don Cheadle se enfunda, en una interpretación sin precedentes en su trayectoria artística, en la figura de un maestro, de aquel cuyas palabras se escuchaban a través de la boca de su trompeta. Cheadle indaga, investiga, elucubra y muestra el último periodo de la vida de un artista díscolo, con el ego propio de quien se sabe autor de auténticas maravillas y aun así se empeña en desviar la mirada. Cheadle escribe, dirige y protagoniza. Una tarea titánica a la altura de los grandes, de unos pocos que demuestran tener las ideas claras para levantar un proyecto así de la nada.

No es difícil adivinar que, quizás, Miles Ahead pase desapercibida. Miles Davis fue un genio indiscutible. Pero la sociedad actual está de vuelta de los clásicos. La refundación de la industria musical (ojo a lo vivido en Vinyl, la ficción de HBO como explicación al origen de esos “nuevos tiempos”) da nuevas claves para comprender los diferentes cambios que sufren los propios artistas. No ya cuando la música comienza a evolucionar ex profeso sino en el preciso momento en que el propio artista practica cambios revolucionarios sobre su propio cuerpo. Aquí, la conexión entre la propuesta de Cheadle y la magistral intervención de Clint Eastwood en el jazz o ‘música social‘ en Bird posee vehemencia en tanto en cuanto el consumo de drogas determina la producción musical.

Don Cheadle irrumpe en la película sin desvelar poco más que unos pequeños detalles, trazos del rostro de un músico que ha imbuido la figura del actor. A través de un nervioso movimiento de cámara, Cheadle va destruyendo la imagen del mito. Incluso se atreve a cambiar la forma visual de su narración, diferenciando así su época más clásica de su incierto futuro. Terminará asimilando que el autor de Sketches of Spain o Kind of Blue poseyó una vida esclavizada a sus propios vicios. Cheadle es excesivo en su debut, y lo es a sabiendas de que quien está protagonizando sus fervorosas imágenes también lo era. Miles Ahead tiene el nervio de su personaje principal. A través de un montaje que va trasteando por las secuencias pervirtiendo el tiempo y depositándolo en manos de una narración controlada hasta el extremo, la película va emergiendo gracias a una transmutación interpretativa sobresaliente.

Poco importa que Ewan McGregor y Michael Stuhlbarg se sitúen a ambos lados del protagonista conformando una trinidad (industria, artista y prensa). Don Cheadle ha construido un ejercicio historicista ambicioso. Ha huido del biopic al uso y ha escogido la fase más sensitiva de su protagonista, la de las consecuencias, la del resultado de lo vivido. Ha escogido la época en la que Davis quiso adaptarse a los nuevos tiempos, a la irrupción del funk como elemento sustitutivo de esa ‘música social’ a la que se empeñaba en llamar al jazz.

Miles Ahead posiblemente peque de sensacionalismo en diversos fragmentos (la persecución, la drogadicción) pero Don Cheadle los convierte en elementos adyacentes a una narración justamente exagerada. En base a una estructura narrativa circular, director, actor y guionista plantea el presente y futuro (no queda claro qué fue más intenso) de un artista irrepetible. Sin duda Cheadle ha escogido su corona a la espera de ver si Robert Budreau ha convertido a Chet Baker en otro momento álgido de la presencia del jazz en el cine contemporáneo con Born To Be Blue.

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