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[Crítica] Sunset Song

Terence Davis construye una película digna de admirar, donde cada plano es poesía visual.

Terence Davies podría presentarse en cualquier lugar al que acudiera como uno de los realizadores más interesantes y estimulantes del cine británico contemporáneo. Sin ningún tipo de duda, ni actitud dubitativa. Y todos los presentes, asintiendo, verían que lleva la razón. Su clasicismo (confundido en no pocas ocasiones con el despectivo ‘academicismo’) le ha llevado a legar obras de una trascendencia tan sublime como The Deep Blue Sea, La casa de la alegría o Voces distantes.

En todas ellas, el cuestionamiento de los roles sociales es un aspecto que se muestra en primer plano, muchas veces antes incluso que el desarrollo de los propios personajes. En Sunset Song, la cámara centra su mirada en los ojos de la protagonista. Una joven a la que el espectador va asimilando con una época histórica que dibuja su recuerdo en la mirada que ofrece Escocia ante la entrada en el temido siglo XX. Y es que la novela en que se basa la película, obra de Lewis Grassic Gibbon, pertenece a una trilogía que deconstruye las emociones de aquella nación en una época de cambios y cuestionamientos sociales. Davis consigue que su narración sea atemporal e incluso desprovista de espacio. Sunset Song es una obra de carácter universal. Todo lo que sucede permanece sujeto a los mandamientos sociales que preponderaban en una época tan plegada a los roles incuestionables que marcaban las jerarquías eclesiásticas (patriarcales, por definición) que apenas daban lugar al desafio ni al atisbo de rebeldía.

Terence Davies hace que su narración sea plenamente exquisita. Va desvelando, con una plasticidad y cromatismo impecables, toda la trayectoria familiar de la protagonista. Cerca se encuentra un Peter Mullan soberbio (quizás sea reiterar en cuanto a definir a esta bestia interpretativa), con un papel a la altura de sus exigencias: un padre, dueño y señor del hogar, sediento de justicia divina que aplicará con mano dura cuando la situación lo torne preciso. Davies efectúa un trabajo elegante, complejo, a la altura de los grandes maestros. ¿Qué diría John Ford si pudiera corroborar la magnitud de Sunset Song? A un ritmo pausado, marcado a un tempo conveniente con lo que se está tratando, con una fotografía que va contando por sí misma el nacimiento y caída de sus protagonistas. Terence Davies se sumerge en una época incontestable, con precisión. Con precaución.

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