todos_queremos_algo_nosologeeks

[Crítica] Todos queremos algo

Richard Linklater recupera el espíritu de 'Boyhood' y 'Movida del 76' para volver a retratar una época de cambios.

En 1993, Richard Linklater emuló a George Lucas en un retrato adolescente de los que resultan propiamente desenfadados pero plegados a una realidad autoconsciente que hacía que sus protagonistas navegasen sin rumbo por el propio destino de sus vidas. Entre American Graffiti y Movida del 76 (a partir de ahora, en su título original Dazed and Confused) existe una sinergia que ayuda a comprender los sentimientos arraigados en una cultura como es la que implica la separación entre la adolescencia y la madurez en los Estados Unidos.

Linklater compone una geografía, posiblemente también de sí mismo, en torno al cambio y a su concepto más primigenio. Entre Dazed and Confused y su obra magna Boyhood existe también un peculiar gusto por el detalle, por la narración pausada y milimétrica en detrimento de la agilidad de montaje o el trucaje temporal. Tan solo utiliza esta excusa, la de sortear el tiempo a su antojo, en Todos queremos algo para crear en torno a los personajes una suerte de cuenta atrás que implique al espectador en una irónica trama provista con inteligencia de determinado suspense.

Todos queremos algo se vende como la “secuela espiritual” de Dazed and Confused. Pero comparte elementos tanto con ésta como con su predecesora. Existen ciertos planos a lo largo del metraje cuya evocación a Boyhood es latente. Linklater parece haber concebido el guion de la película para situarse (y al espectador, por definición) en el mismo punto en que concluyó su maravilloso panegírico a la vida. Todos queremos algo define los instantes previos a la llegada a la universidad, los momentos en que la vida está a punto de definirse en función de las decisiones tomadas, de las chicas “conocidas” y donde los padres ya no ejercen más que la necesaria e implícita injerencia.

Los personajes de Todos queremos algo se definen a sí mismos de manera constante. Quizás en este sentido se encuentre la riqueza de una buena película plagada de tópicos inteligentes, desarrollada de una forma desenfadada, salvaje y encomendada a la definición última de diversión. Cada uno de los roles permanece en pleno desarrollo en torno a sí mismo, el director jamás traiciona su libreto buscando entornos efectistas donde llevar a cabo momentos de una construcción determinista que opte por echar por tierra el universo creado en torno a ellos.

Linklater ha aprendido de sus errores, no se entrega al vacío ni al complejo entramado de personajes en lo que podía haberse convertido su aventura post adolescente. En lugar de vagar por la indecisión, el cineasta camina firme por una película divertida, con pocas pretensiones de afirmada trascendencia pero con un interés por retratar las aspiraciones de toda una generación que han hecho que Todos queremos algo se disfrute con sobrada vehemencia.

Sin categoría