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[Crítica] Las mil y una noches. Volumen 2: El desolado

La segunda película de la trilogía se encomienda a la magia y la fantasía, renunciando al estilo documental de su predecesora.

La obra maestra en tres movimientos de Miguel Gomes prosigue su búsqueda de la verdad, el sendero de todo aquello que define la identidad de una Portugal castigada por sus gobernantes, los propios y los ajenos. En este segundo volumen, El desolado, el cineasta abandona el estilo casi documental de su primer compendio para encomendarse a la magia de su lírica, a la física de sus personajes y a la indeleble ironía de su libreto.

El desolado se estructura en tres fases. Una primera lleva al espectador hasta un lugar en mitad de lo desconocido. Miguel Gomes adopta la forma del western para narrar las peripecias de Simão, un fugitivo, huido de la justicia hace años por cometer un inenarrable crimen. Sherezade, la narradora impasible de los designios de Gomes, construye esta fantasía en torno al mejor de los antihéroes imaginados por el cineasta portugués. Una sociedad que aclama al criminal, en un paseo casi procesional, víctima de un sistema y héroe del escapismo ante las autoridades. Un hombre desolado por el paso del tiempo, que tiene sueños de transmutación física, que vive sus días pensando en una corte de vestales que mantuvieran encendido su fuego personal. Un hombre que escapa constantemente de una sociedad que ya lo ha condenado, que escapa de sí mismo mientras recorre los lugares en los que todavía se le recuerda.

¿Es posible que Las mil y una noches: El desolado construya el mejor de sus tres segmentos? Con rotundidad, sí. El inquieto, estrenado el pasado viernes 3 en las salas españolas, depositaba su veracidad en el tremendismo de los argumentos que Portugal expone para protestar contra una sociedad poderosamente iracunda, harta de los que poseen la capacidad de tomar las decisiones últimas y cuya vida permanece asombrosamente apaciguada incluso en tiempos de inevitable conflicto. En El desolado, Miguel Gomes también guarda un instante para arremeter contra las autoridades de su país, contra un sistema judicial abochornado en su propia tesis. Una jueza, madre y consejera sexual, se enfrentará a un anfiteatro de culpabilidad en un instante que bien puede ser juzgado como el instante cinematográfico más reflexivo, actual y sarcástico de lo que llevamos de año. Una lógica de culpabilidad que se va extendiendo de persona a persona (e incluso animales), un laberíntico entramado de acusaciones y perdones que sirve para dotar de forma al triste absurdo contemporáneo. No es de extrañar que el espectador permanezca en los desolados ojos de la jueza, mientras asiste al corpóreo espectáculo que la cruel sociedad le tiene preparado.

Las mil y una noches. Volumen 2: El desolado concluye con un alargado segmento donde el protagonista es un cánido que solo sirve como excusa para llevar al espectador hasta los barrios más desolados de un país con una evidente sensación de abandono. Un lugar donde la gente ha renunciado a vivir y buscan la supervivencia con el mismo ahínco que huir de la necesidad de tener que hacer frente a las facturas, al pasar de los días y a los avatares de una situación que nadie parece haber provocado. Este perro simbolizará ese pasado de felicidad, esa sensación de distopía en la que el sur de Europa parece haberse estancado. Bloques de pisos desvalijados por la infelicidad, acuciados de una perenne necesidad, atacados por la más cruel de las enfermedades, la social. Y en medio de todo ello, Miguel Gomes introduce otro microcosmos para demostrar que en cada una de esas torres de edificios de las que se habla de manera generalista existen cientos de historias que incluyen muerte, desalojo, presión y demostrada falta de consideración y respeto.

El cineasta portugués, antes de concluir con la trilogía, ofrece la que a gusto de este cronista es la mejor película de las tres propuestas del realizador luso. Una inteligente muestra de permutaciones, de superposición de elementos, de coherencia narrativa y de diáfana lealtad a sí mismo. Miguel Gomes ha creado una matroska con la que explicar su visión del naufragio en el que el continente europeo (al menos una parte de él) se halla inmerso. El camino propuesto tiene ahora un complejo desenlace. El embelesado se enfrenta a sí misma, dejando que la belleza de Sherezade inunde la totalidad de la pantalla con la imposibilidad de su narración. Pero eso ya, como se suele decir, es otro cantar.

Y tú,
Quien sabe por dónde andarás
Quien sabe que aventuras tendrás
¡Qué lejos estás de mí!

(Perfidia, canción de Alberto Domínguez, 1939)

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