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[La Máquina del Tiempo] 12 hombres sin piedad

 18/04/2012 12:00 |   Autor: José Mª Lissen |  Sin comentarios

“Tengo una duda razonable”. Sobre esta sencilla base Sidney Lumet monta uno de los mejores dramas judiciales de todos los tiempos. El director, del que recientemente se cumplió el primer aniversario de su muerte, debuta en la gran pantalla con una obra maestra. Gran trabajo de guión y actuación, que hacen de 12 hombres sin piedad (1957) una película intemporal.

Lumet quiso iniciarse en el cine a lo grande, con un género que llegaría a dominar muy bien. Con un presupuesto más que modesto, logró sacarle partido a la excelente historia de Reginald Rose, concebida unos años antes para la televisión.

El resultado, tres nominaciones a los Oscars: Mejor película, Director y Guión adaptado; pero ningún galardón. Sidney Lumet tendría que esperar hasta 2004 para recibir el premio honorífico de la Academia, justo homenaje tras cuatro infructuosos intentos.

El cine de tribunales está plagado de grandes títulos. Testigo de cargo, de Billy Wilder, o Matar a un ruiseñor, de Robert Mulligan, son dos auténticos clásicos del género. Por encima de ellas se sitúa 12 hombres sin piedad. Lumet no plantea la típica película judicial. Aquí el protagonista no es un carismático abogado o un recto juez. Lo importante se desarrolla fuera del estrado, en una sala sin apenas ventilación donde hace un calor asfixiante. Los que imparten justicia son 12 hombres corrientes que tienen en sus manos la vida de un muchacho acusado de dar muerte a su propio padre. Es la otra justicia, la de la calle.

Cuesta creer que una película, tan sencilla en apariencia, pueda crear una tensión constante entre los espectadores. Sidney Lumet lo consigue sin salir de la habitación donde delibera el jurado. Esos 12 hombres se juegan mucho. La decisión que tomen podría llevar a un joven a la silla eléctrica. Bajo una puesta en escena sencilla se esconde un sólido guión, con diálogos memorables. No hace falta nada más. Es la sencillez de la teatralidad.

Al frente de esos 12 hombres sin piedad está el gran Henry Fonda, interpretando posiblemente el mejor papel de su carrera. Gracias a su traje blanco, su uso de la retórica y la argumentación logra sembrar la duda entre los demás miembros del jurado. El personaje de Fonda simboliza la integridad y la responsabilidad. Cumple con la labor que se espera de un jurado popular. Está informado y sabe ver más allá de los hechos.

Fonda se rodea de un elenco de secundarios a un gran nivel. 12 hombres con 12 mentalidades y procedencias distintas. Destaca la interpretación de Lee J. Cobb, némesis de Fonda en el jurado. Aquí encontramos dos tipos de liderazgo, el racional contra el autoritario. Ambos tratarán de imponerse al resto de miembros.

Lumet hace una dura crítica de la pena de muerte y cuestiona el sistema del jurado popular. Los 12 hombres elegidos son gente influenciable, sin conocimientos legales, que se dejan llevar por sus prejuicios en la toma de decisiones. En definitiva, no están a la altura de la responsabilidad que exige juzgar a un hombre que puede morir. Se frivoliza con la vida de un muchacho.

La tensión va en aumento a medida que el film avanza. Las constantes votaciones hacen mella en los 12 hombres, transformados en números, pues no tienen nombres ni apellidos. El espectador llega a conectar de tal manera con la historia que comparte en cierta medida la responsabilidad del jurado. Sensación lograda a pulso gracias a los primeros planos y a la irrespirable atmósfera que se extiende en torno a la hermética sala.

Sidney Lumet hará otras incursiones en el género judicial, como en Veredicto final, pero nunca con la brillantez que despliega en 12 hombres sin piedad. Es en su primera película donde encontramos lo mejor de este director. Una auténtica joya que merece la pena volver a ver.

 



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