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[Reportaje] Roman Polanski, un cineasta maldito

¿Cómo puede uno de los mejores cineastas de la historia del Séptimo Arte haber tenido una vida tan azarosa? ¿Cómo ha podido salir indemne de tantas maldades que le han sucedido a lo largo de su existencia? ¿Puede dormir tranquilo teniendo cuentas pendientes con la Justicia norteamericana, su público y su cine?

En muy contadas ocasiones hemos contemplado atónitos el devenir de una vida plagada de desgracias como la que ha llevado Roman Polanski. Nacido en Francia en 1933, el cineasta comenzó su malograda existencia al cambiar de residencia, desde París a Cracovia al estallar la Segunda Guerra Mundial. Sus progenitores creyeron que allí permanecerían seguros del asalto que Hitler planeaba sobre Europa y el mundo conocido. Nada más lejos de la realidad. El líder nazi utilizó la invasión de Polonia como uno de sus primeros movimientos para alzarse con el control de la Europa oriental y así verter sus objetivos sobre la Unión Soviética. La madre de Polanski pereció en la cámara de gas de Auschwitz, quizá por tan trágico motivo rehusó dirigir La Lista de Schindler en 1993, mientras que su padre permaneció dos años en otro campo, Mauthasen Gusen, en Austria. Polanski contaba con 10 años y consiguió escapar del gueto de Cracovia, logrando sobrevivir gracias a la ayuda que le prestaron diversas familias.

Para muchos, el simple nombre de Roman Polanski les sugiere cine, pasión, miedo, suspense, claustrofobia, locura o deseo. Son algunas de las etiquetas con las que se suele definir la ya inmortal obra de un cineasta irrepetible. Sin embargo, y para otros, no es más que un “violador de niñas”, un drogado engreído, un “enano polaco” por el que sentir la más pura indiferencia. No obstante, su carrera ha estado plagada de definiciones para todos los gustos, sentidos y apetencias.

Si con la huida del gueto de Cracovia y la supervivencia en diferentes lugares había encontrado una cierta estabilidad personal, su vida volvería a estar marcada por la desgracia en 1969. Su gran amigo, el compositor Krzysztof Komeda, moría víctima de un accidente de tráfico. Aquel que había diseñado los acordes musicales de sus primeras grandes películas lo dejaba abandonado a su suerte en el complicado mundo del cine. Pero la muerte de Komeda no sería lo único que marcaría su vida aquel trágico 1969.

Dos años antes había iniciado un romance con una belleza de la moda y el cine, Sharon Tate. Ella le aportaba toda la felicidad con la que había soñado durante años. Su primer matrimonio parecía olvidado y su imperiosa necesidad de amar y ser amado le llevaron a pasar los mejores años de su vida en compañía de Sharon Tate. Pero el destino quiso arrebatarle al director lo que más quería y el 9 de agosto de 1969, Tate fue brutalmente asesinada por la banda de Charles MansonLa Familia” en la casa de la pareja, en Cielo Drive. Ella, embarazada de 8 meses, recibió 16 puñaladas. Sobran las palabras.

Apartado del cine y de la vida pública hasta 1971, Roman Polanski entró en la década de los 79 trayendo una de sus obras maestras, Chinatown, y dibujando un panorama diverso dentro de su ya consagrada forma de hacer cine. Sus películas, polémicas y controvertidas, nunca recibían el favor de la crítica en Estados Unidos mientras en Europa eran un éxito y viceversa. Polanski entró en plenitud legando a la Historia del Cine obras como Repulsión, El Baile de los Vampiros, La Semilla del Diablo o Chinatown.

Pero todo cambió en 1977. El cineasta fue arrestado por mantener relaciones sexuales y proporcionarle drogas a una menor de 13 años mientras le hacía fotos para una sesión destinada a la revista Vogue. Los hechos sucedieron en la mansión de Jack Nicholson, en aquel momento ausente debido a un rodaje, ubicada en Mulholland Drive. La menor, Samantha Geimer, acusó a Polanski de haberla incitado a tomar drogas y a mantener sexo con él. Pese a las acusaciones y a un largo proceso judicial donde las ansias de fama del juez, Laurence Rittenband, eclipsaron la transparencia y justicia de lo que debió haber sido un proceso por un delito penal muy castigado en los Estados Unidos. Tras acuerdos entre juez, abogados y acusado, el realizador pasó 42 días en la prisión de Chino donde fue evaluado por un equipo psiquiátrico, el cual definiría si Polanski era un perturbado sexual al que había que mantener alejado de la sociedad.

El destino de Polanski cambiaría para siempre en el momento en que fue declarado persona psiquiatricamente sana y el juez Rittenband pretendió retenerle para que cumpliera la totalidad de los 90 días de reclusión a los que había sido condenado en la prisión de Chino. Polanski, harto del proceso judicial inacabable, consideró al igual que el fiscal y el abogado defensor que la libertad condicional que el director había cumplido paliaban los días que Rittenband pedía para su el cumplimiento de su condena. Los acuerdos no llegaban y el juez seguía queriendo aparecer día tras día a costa del juicio contra Polanski con lo que el cineasta cogió un vuelo a París y jamás regresó a los Estados Unidos.

Sin duda, los periodistas conocían las malas artes de Rittenband y su afición extrema por aparecer en los medios a costa de los juicios a las estrellas. Tal y como se refleja en el documental Roman Polanski: Se Busca, dirigido por Marina Zenovich, Rittenband orquestó la vista por la paternidad de Cary Grant o el juicio por la custodia de los hijos de Marlon Brando. En 1997, Samantha Geimer perdonó públicamente a Roman Polanski y afirmó que “lo que hiciese Polanski hace 33 años es sólo un recuerdo.” Pese a estas palabras de la víctima, la justicia norteamericana sigue tratando al cineasta como un prófugo de la ley y permanece en busca y captura.

En 1980, el cineasta comenzaría una nueva vida en Europa alejado de la justicia norteamericana y al amparo de su nacionalidad francesa, cuyo tratado de extradición reservaba al gobierno galo a extraditar a un ciudadano francés a otro país, algo que jamás llegó a hacerse efectivo. Su condición de ciudadano europeo le permitió moverse por las fronteras de la Unión a su antojo. Pero seguía sin poder pisar suelo estadounidense. Harrison Ford aceptó el Oscar al mejor director en 2002 por El Pianista y le entregó la estatuilla personalmente a Roman Polanski en el Festival de Cine de Deauville, en Francia pocas semanas después.

Su matrimonio con Emmanuelle Seigner, que se prolonga desde 1992, parecía haberle otorgado la estabilidad. Dos hijos y una carrera a sus espaldas que lo amparan como uno de los máximos exponentes del Séptimo Arte en la segunda mitad del siglo XX. Pero la vida, de nuevo, volvería a jugarle una mala pasada. En 2009 llegó a Suiza para recoger el premio honorífico en el Festival de Cine de Zurich y fue arrestado nuevamente por las autoridades siguiendo órdenes de la justicia norteamericana. Y es que Suiza no pertenece a la Unión Europea con lo que su tratado de extradición es totalmente diferente al del resto de los países del continente. Fue condenado a arresto domiciliario en su casa de Suiza mientras ha durado un largo proceso en el que llegó a volver a prisión, en Winterthur, donde pasó unos meses a la espera de su extradición, la cual finalmente tampoco llegó a producirse.

Actualmente, y en una entrevista realizada al periodista Darius Rochebin, ha manifestado que se arrepiente de lo sucedido. “Sí, naturalmente, pero de eso hace ya 34 años. Claro que me he arrepentido“. Con estas palabras se cierra un ciclo de destrucción personal, pasión, amor, muerte, miedos, errores y perdones que ha durado 72 años.

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