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[Crítica] The Walking Dead

Los zombies vuelven a nuestras pantallas… aunque en esta ocasión a las de nuestros hogares. Los muertos vivientes son una de esas criaturas, como los vampiros o los hombres lobo, que nunca pasan de moda. Ha transcurrido ya más de medio siglo desde que George A. Romero y su La noche de los muertos vivientes diese inicio a un género cinematográfico tan aterrador como verdaderamente adrenalítico, y aún hoy los zombies continúan cosechando éxitos y seguidores por todo el mundo. Se han realizado diferentes vueltas de tuerca, desde la parodia descacharrante (Zombies Party) hasta el terror puro (28 días después) pasando por desvaríos gore con litros de sangre por segundo en cada escena (Amanecer de los muertos); sin embargo, el flujo de propuestas que cuentan como protagonistas con estos seres diabólicos y a la vez humanos no cesa en virtud del beneplácito alcanzado entre el público.

Y ahora, al fín, llegan a la televisión. Los zombies dejan la oscuridad de las grandes salas de cine para internarse en el íntimo espacio del hogar, donde luchan con todo tipo de criaturas y personajes excepcionales por una cuota de pantalla que les permita seguir aterrorizando al personal. Lo cierto es que el proyecto no podía ser mejor: The walking dead, inspirada en el cómic de Robert Kirkman, es una serie de la AMC inicialmente concebida para ser desarrollada en seis capítulos dirigidos, cada uno de ellos, por directores relevantes en el panorama televisivo o cinematográfico (de hecho, el episodio piloto, exhibido el día de Halloween en Estados Unidos, fue dirigido por el laureado realizador Frank Darabont), pero que sin embargo, a tenor del éxito cosechado desde el día de su estreno (coincidendo con Halloween y marcando un hito histórico para la cadena), ya ha sido confirmada para una segunda temporada que llegará en Otoño de 2011.

La premisa es bien sencilla. Un policía que fue herido en un tiroteo mientras se encontraba de servicio, se despierta en una habitación de hospital en la que reina el silencio y el abandono. Fuera, todo ofrece un aspecto desolador, los muertos jalonan los pasillos, el desorden reina en cada rincón. El sorprendido protagonista (interpretado por Andrew Lincoln, recordado por ser el enamoradizo pretendiente de Keira Knightley en Love Actually) comprueba a cada paso la pesadilla en la que ha devenido la realidad; deambula por una ciudad desierta en la que únicamente encuentra seres de aspecto cadavérico arrastrándose por el suelo, hasta que finalmente comprende que se encuentra sólo en un mundo destruido. Sin embargo, no todos los humanos han desaparecido y se topará con algunos que le ayudarán a encontrar a su familia.

Cualquier obra fílmica que nos sitúe en un mundo dominado por los zombies promete unos alicientes similares; tensión, claustrofóbia, drama e incluso ciertas dosis de humor espontáneo y sarcástico. The Walking Dead no deja de ser menos y da lo que promete; sangre y terror a partes iguales. La acción se desarrolla con cierta fluidez y guardando una perceptible fidelidad con su homólogo de tebeo, desbrozando las complejas situaciones con las que los desgraciados protagonistas topan a cada paso, acosados por una turba de no muertos hambrientos. La serie congela el aliento, te mantiene en un estado constante de tensión, el corazón en un puño ante la incertidumbre de lo que ocurrirá en la siguiente escena. De hecho, en The Walking Dead no se elude la tragedia personal, la colisión de sentimientos primarios propios de un superviviente en un mundo devastado o las relaciones tumultuosas entre diferentes personajes al límite de su lucidez racional. Así, hallamos momentos francamente espeluznantes (un ataque inesperado en la noche), desgarradores (cómo olvidar ese lamento solitario desde la azotea), espectaculares (la entrada triunfal a caballo en Seattle y ese plano cenital sobre el tanque), de una genialidad pasmosa (cuando se hacen pasar por no muertos) o decididamente sanguinolientos (aquí os dejamos una colección muy divertida de muertes de zombies), que complementan lo que podría haber sido un mero espectáculo televisivo gore.

No obstante, se ha de señalar ciertos altibajos de ritmo e interés en los sucesivos capítulos, algo que difícilmente puede ser concebido en una serie con tan sólo seis episodios y, por ende, escaso tiempo para desarrollar tramas paralelas a la verdadera acción. Y es que en ocasiones, la instrospección de algunos personajes (secundarios incluso) provoca cierta desesperación en el público, el cual ansía por encima de todo el frenetismo propio del género. Quizás por ello, Darabont (en funciones de productor) haya despedido a todo el plantel de guionistas de esta primera temporada, a los que buscará sustitutos para la siguiente.

De cualquier modo, The Walking Dead ha supuesto una brisa de aire fresco a un panorama televisivo que, si bien de una calidad superior, se encuentra dividido entre propuestas dramáticas y cómicas. Con la incursión de los zombies en la pequeña pantalla, se allana el camino a una enorme variedad de géneros que aún no han sido explotados pero que pueden verse beneficiados por los exitosos formatos televisivos. Este es, sin duda alguna, un ejemplo excepcional de cómo confeccionar un producto de entretenimiento para el gran público con unas dosis de calidad evidente, manifestadas en una cuidada puesta en escena, una recreación fascinante de la fantasmal ciudad de Seattle, un retrato certero aunque apresurado de sus protagonistas o la minuciosa construcción digital (y artesanal) de los zombies, quizás, los más creíbles y atractivos de la historia.

Esperaremos, impacientemente, a que la televisión vuelva a teñirse de rojo y el irracional pavor de ese mundo post apocalíptico y brutal domine nuestras alucinadas miradas de espectador. Todo ello, el año próximo.

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